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jueves, 4 de marzo de 2010
"A mis personajes no les importa nada cuántos libros haya vendido"

Entrevista con Dan Brown, el autor de "El Código Da Vinci" que retorna a las listas de "mega-best-sellers" con "El símbolo perdido".
EXETER (NEW HAMPSHIRE). La industria de los libros tiene un secreto de vanidades y ventas: cuanto más éxito comercial tiene un autor, más amable y fácil resulta su trato. Y con ochenta millones de copias vendidas de "El Código Da Vinci", Dan Brown se puede permitir ser el más simpático de todos. Tras seis años de trabajo, y superada la distracción de un juicio en Gran Bretaña por acusaciones de plagio, el popular escritor vuelve a las librerías con un "thriller" de quinientas páginas sobre masones que amenaza con transformar a la capital de Estados Unidos en una especie de campo minado para el ocultismo. Pero a pesar de la fascinación, las polémicas inevitables y todo el dinero en juego, Dan Brown no deja de sonreír desde su privada existencia en un bucólico pueblecito de New Hampshire.
- ¿Cómo describiría “El símbolo perdido” a una persona que nunca ha leído uno de sus libros?
- Es una mirada a la América secreta, a la sociedad de los masones, y una exploración de una nueva y muy real ciencia llamada noética. Es una mezcla de lo muy antiguo y de lo más nuevo. Y de hecho la ciencia moderna no hace más que servir de eco a buena parte de la filosofía antigua.
- Paris, Roma... esta vez es Washington. ¿Qué le interesa sobre la capital de Estados Unidos?
- Washington es una ciudad de secretos. Tiene túneles subterráneos, criptas, templos, pirámides, obeliscos… Es una ciudad clásica. Y aunque no es tan antigua como otras grandes ciudades de Europa de la talla de Madrid, es una ciudad llena de secretos y gran arquitectura.
- ¿Es más difícil escribir sobre la masonería o sobre el cristianismo?
- Al escribir sobre el cristianismo, uno tiene que lidiar con una teología de dos mil años de antigüedad. Y si uno escribe sobre los masones, es un fenómeno mucho más moderno y mucho más consistente. El cristianismo es diferente por todo el mundo. Es como una diana que no deja de moverse, mientras que la masonería es algo mucho más homogéneo.
- Pero esta vez usted parece moverse en la frontera del mundo físico con el mundo de la conciencia.
- Este libro, en muchos aspectos, es una exploración filosófica y psicológica. Creo que se trata de la religión del futuro.
- ¿Se considera una persona religiosa?
- Me considero una persona espiritual. Crecí en la fe episcopaliana y en un momento me aparté de la religión organizada para adentrarme en el mundo de la ciencia. Pero cuanto más he avanzado, más se ha completado el círculo de la ciencia como respaldo de la religión y la espiritualidad.
- ¿Por qué ha presentado al Opus Dei en su obra de una forma tan siniestra?
- No creo que mi representación del Opus Dei fuese necesariamente siniestra. En toda organización hay buena gente y gente no tan buena. Ya sea una universidad, o los masones o el Opus Dei o lo que sea. Me parece que el personaje Silas en “El Código Da Vinci” sirvió para argumentar que el Opus fue la única institución que le acogió. Cuando el resto del mundo fue cruel y le ridiculizó, el único lugar donde encontró amor fue en el Opus Dei. Uno de los temas recurrentes en todos mis libros es que el exceso de poder es a menudo mal utilizado. Ya sea la Agencia Nacional de Seguridad, la NASA, el Vaticano, el Opus Dei, o los masones, demasiado poder puede propiciar abusos.
- ¿Es un adicto de las teorías conspirativas?
- Soy una persona escéptica y es verdad que en “El símbolo perdido” hay un montón de teorías conspirativas porque resulta divertido. Pero continuamente el protagonista Robert Langdon las desmonta como algo ridículo aunque a veces sean populares. Por ejemplo, Langdon podría decir que aunque hay gente capaz de divisar símbolos masónicos en un mapa de Washington, si alguien mira con detenimiento un mapa de Madrid, también los podría vislumbrar allí.
- Hablando de Madrid, usted tiene una significativa conexión personal con España.
- Sí, en bachillerato pasé uno de los mejores veranos de mi vida en Gijón. Después estudié un año en la Universidad de Sevilla, viviendo en la plaza de Cuba. No me importa decirlo muy claro: España es mi país europeo favorito. He estado cinco veces en total. Me encanta su gente. Y lo que he aprendido en España es a relajarme y pasarlo bien. Yo soy de una parte de Estados Unidos conocida como Nueva Inglaterra y aquí siempre estamos concentrados, siempre trabajando, nos vamos a la cama temprano y madrugamos. Me encanta el contraste con España. Y lo que aprendí allí lo he intentado incorporar a mi vida personal.
- ¿Qué impacto ha tenido el mega-éxito de “El Código Da Vinci” en su nueva novela?
- Es curioso. En cierta forma, el proceso funciona igual. Todavía me levanto de madrugada y todavía me enfrento a una página vacía. Siempre bromeo que a mis personajes no les importa nada cuántos libros haya sido capaz de vender. Son tan difíciles de controlar como siempre. Aunque es verdad que “El Código Da Vinci” ha sido una ayuda. Ya que me ha dado acceso a información secreta en Washington a la que probablemente no tendría acceso si ese libro no hubiera sido tan famoso.
- ¿Cómo es la mecánica de su escritura?
- En "El símbolo perdido" he trabajado durante seis años, siete días a la semana, incluso en Navidad. Todos los días. Me siento en mi escritorio a las cuatro de la mañana. Trabajo en una cabaña separada de mi casa para evitar distracciones. No hay ni teléfono, ni correo electrónico, ni Internet. Nada. Sólo mi ordenador. Y si por ejemplo, estoy escribiendo y necesito algún dato, cambio el color de texto para insertar después la información requerida. No me paro. Si necesito información más complicada, escribo una nota a mi esposa, Blythe. Y ella me la encuentra.
- ¿Cuál es la lectura que más le ha influenciado?
- Me acuerdo que de muy niño leí "Una arruga en el tiempo" de Madelein L'Engle. Y fue la primera vez en que me sentí realmente transportado a otro mundo por un escritor. Durante mis estudios universitarios, me dediqué a leer a los clásicos: Shakespeare, Faulkner, Borges, Cervantes... todos los grandes. Pero nada de ficción divertida para adultos. Hasta que durante unas vacaciones me leí "La conspiración del juicio final" de Sidney Sheldon. Y descubrí con asombro ese tipo de novela que me inspiró para escribir mis libros.
- ¿Le cuesta mantener su vida dentro de parámetros de normalidad?
- Lucho para mantener mi privacidad. Siento que hablar con la Prensa es algo difícil de compaginar con el proceso de escribir. Uno que tiene que concentrarse y permanecer en su pequeño mundo imaginario. Y si cada tarde uno se dedica a hablar con los medios de comunicación, a contestar las cosas locas que la gente dice, es una enorme distracción. Por eso he tomado una decisión: mi primera responsabilidad es para mis lectores y mis libros.
- ¿Tiene algún libro que desea escribir pero que le parezca imposible?
- No, pienso que cualquier libro que uno quiera escribir es absolutamente posible. Es sólo una cuestión de cuánta energía y de cuánto tiempo se dispone. Ahora mismo, estamos trabajando en la película de "El símbolo perdido" y también en la versión cinematográfica de "La conspiración I". Eso me va a mantener ocupado más o menos durante los próximos seis meses. Y entonces empezará con mi nueva novela.
- ¿Y cuál es su próximo proyecto?
- Es "top secret".
Un millón y medio de ejemplares en español
El lanzamiento en español de "El símbolo perdido" tiene previsto una primera tirada de un millón y medio de ejemplares, tanto en España como en Iberoamérica. Cifra que no deja de asombrar a Dan Brown, a pesar de haber vendido un millón de copias en inglés durante su primer día de ventas en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña.
- Usted es presentado a veces como el salvador en solitario de la industria del libro ¿Cómo explica su éxito?
- Para empezar, eso es una exageración. La industria editorial consiste en cientos y cientos de autores. Yo solamente soy un tipo contando una historia. Sí, he tenido éxito por el que estoy muy agradecido. Creo que mi éxito se deriva del hecho de que a los lectores les encanta aprender. Mis libros están llenos de tanta información que la gente se divierte leyéndolos. Y cuando los terminan, se dan cuenta de todo lo que han aprendido y eso entusiasma a los lectores.
- ¿Algún consejo para la industria de los periódicos?
- Ja, ja, ja, ja… Eso es más difícil porque ustedes tienen que contar la verdad. Yo sólo escribo ficción.
- Al principio fue reacio a la hora de llevar sus libros al cine. ¿Cuál es su actual relación con Hollywood?
- Es una buena relación. Mis libros son muy difíciles de adaptar al ser muy complicados y con un montón de contenido. Si dejásemos toda la información intacta, no serían una película, serían una serie de televisión de veinte capítulos. Tengo un tremendo respeto por el director Ron Howard y todo su equipo.
- Pero no le gusta escribir pensando en la gran pantalla...
- Efectivamente. Yo ya escribo en un estilo cinematográfico. Mi vida transcurre un 99,9 % en el mundo de mis libros y solamente una fracción muy pequeña en un decorado de película. Para mí, Robert Langdon es realmente un personaje de libro.
- Cuando estos días se visita cualquier gran librería se encuentran mesas enteras dedicadas a su novela pero también a múltiples títulos publicados a colación.
- Es maravilloso aunque no todos esos libros sean halagadores. Algunos de hecho son muy críticos. Pero no importa. El objetivo de mis libros es crear un diálogo.
Fuente: ABC.es
EXETER (NEW HAMPSHIRE). La industria de los libros tiene un secreto de vanidades y ventas: cuanto más éxito comercial tiene un autor, más amable y fácil resulta su trato. Y con ochenta millones de copias vendidas de "El Código Da Vinci", Dan Brown se puede permitir ser el más simpático de todos. Tras seis años de trabajo, y superada la distracción de un juicio en Gran Bretaña por acusaciones de plagio, el popular escritor vuelve a las librerías con un "thriller" de quinientas páginas sobre masones que amenaza con transformar a la capital de Estados Unidos en una especie de campo minado para el ocultismo. Pero a pesar de la fascinación, las polémicas inevitables y todo el dinero en juego, Dan Brown no deja de sonreír desde su privada existencia en un bucólico pueblecito de New Hampshire.
- ¿Cómo describiría “El símbolo perdido” a una persona que nunca ha leído uno de sus libros?
- Es una mirada a la América secreta, a la sociedad de los masones, y una exploración de una nueva y muy real ciencia llamada noética. Es una mezcla de lo muy antiguo y de lo más nuevo. Y de hecho la ciencia moderna no hace más que servir de eco a buena parte de la filosofía antigua.
- Paris, Roma... esta vez es Washington. ¿Qué le interesa sobre la capital de Estados Unidos?
- Washington es una ciudad de secretos. Tiene túneles subterráneos, criptas, templos, pirámides, obeliscos… Es una ciudad clásica. Y aunque no es tan antigua como otras grandes ciudades de Europa de la talla de Madrid, es una ciudad llena de secretos y gran arquitectura.
- ¿Es más difícil escribir sobre la masonería o sobre el cristianismo?
- Al escribir sobre el cristianismo, uno tiene que lidiar con una teología de dos mil años de antigüedad. Y si uno escribe sobre los masones, es un fenómeno mucho más moderno y mucho más consistente. El cristianismo es diferente por todo el mundo. Es como una diana que no deja de moverse, mientras que la masonería es algo mucho más homogéneo.
- Pero esta vez usted parece moverse en la frontera del mundo físico con el mundo de la conciencia.
- Este libro, en muchos aspectos, es una exploración filosófica y psicológica. Creo que se trata de la religión del futuro.
- ¿Se considera una persona religiosa?
- Me considero una persona espiritual. Crecí en la fe episcopaliana y en un momento me aparté de la religión organizada para adentrarme en el mundo de la ciencia. Pero cuanto más he avanzado, más se ha completado el círculo de la ciencia como respaldo de la religión y la espiritualidad.
- ¿Por qué ha presentado al Opus Dei en su obra de una forma tan siniestra?
- No creo que mi representación del Opus Dei fuese necesariamente siniestra. En toda organización hay buena gente y gente no tan buena. Ya sea una universidad, o los masones o el Opus Dei o lo que sea. Me parece que el personaje Silas en “El Código Da Vinci” sirvió para argumentar que el Opus fue la única institución que le acogió. Cuando el resto del mundo fue cruel y le ridiculizó, el único lugar donde encontró amor fue en el Opus Dei. Uno de los temas recurrentes en todos mis libros es que el exceso de poder es a menudo mal utilizado. Ya sea la Agencia Nacional de Seguridad, la NASA, el Vaticano, el Opus Dei, o los masones, demasiado poder puede propiciar abusos.
- ¿Es un adicto de las teorías conspirativas?
- Soy una persona escéptica y es verdad que en “El símbolo perdido” hay un montón de teorías conspirativas porque resulta divertido. Pero continuamente el protagonista Robert Langdon las desmonta como algo ridículo aunque a veces sean populares. Por ejemplo, Langdon podría decir que aunque hay gente capaz de divisar símbolos masónicos en un mapa de Washington, si alguien mira con detenimiento un mapa de Madrid, también los podría vislumbrar allí.
- Hablando de Madrid, usted tiene una significativa conexión personal con España.
- Sí, en bachillerato pasé uno de los mejores veranos de mi vida en Gijón. Después estudié un año en la Universidad de Sevilla, viviendo en la plaza de Cuba. No me importa decirlo muy claro: España es mi país europeo favorito. He estado cinco veces en total. Me encanta su gente. Y lo que he aprendido en España es a relajarme y pasarlo bien. Yo soy de una parte de Estados Unidos conocida como Nueva Inglaterra y aquí siempre estamos concentrados, siempre trabajando, nos vamos a la cama temprano y madrugamos. Me encanta el contraste con España. Y lo que aprendí allí lo he intentado incorporar a mi vida personal.
- ¿Qué impacto ha tenido el mega-éxito de “El Código Da Vinci” en su nueva novela?
- Es curioso. En cierta forma, el proceso funciona igual. Todavía me levanto de madrugada y todavía me enfrento a una página vacía. Siempre bromeo que a mis personajes no les importa nada cuántos libros haya sido capaz de vender. Son tan difíciles de controlar como siempre. Aunque es verdad que “El Código Da Vinci” ha sido una ayuda. Ya que me ha dado acceso a información secreta en Washington a la que probablemente no tendría acceso si ese libro no hubiera sido tan famoso.
- ¿Cómo es la mecánica de su escritura?
- En "El símbolo perdido" he trabajado durante seis años, siete días a la semana, incluso en Navidad. Todos los días. Me siento en mi escritorio a las cuatro de la mañana. Trabajo en una cabaña separada de mi casa para evitar distracciones. No hay ni teléfono, ni correo electrónico, ni Internet. Nada. Sólo mi ordenador. Y si por ejemplo, estoy escribiendo y necesito algún dato, cambio el color de texto para insertar después la información requerida. No me paro. Si necesito información más complicada, escribo una nota a mi esposa, Blythe. Y ella me la encuentra.
- ¿Cuál es la lectura que más le ha influenciado?
- Me acuerdo que de muy niño leí "Una arruga en el tiempo" de Madelein L'Engle. Y fue la primera vez en que me sentí realmente transportado a otro mundo por un escritor. Durante mis estudios universitarios, me dediqué a leer a los clásicos: Shakespeare, Faulkner, Borges, Cervantes... todos los grandes. Pero nada de ficción divertida para adultos. Hasta que durante unas vacaciones me leí "La conspiración del juicio final" de Sidney Sheldon. Y descubrí con asombro ese tipo de novela que me inspiró para escribir mis libros.
- ¿Le cuesta mantener su vida dentro de parámetros de normalidad?
- Lucho para mantener mi privacidad. Siento que hablar con la Prensa es algo difícil de compaginar con el proceso de escribir. Uno que tiene que concentrarse y permanecer en su pequeño mundo imaginario. Y si cada tarde uno se dedica a hablar con los medios de comunicación, a contestar las cosas locas que la gente dice, es una enorme distracción. Por eso he tomado una decisión: mi primera responsabilidad es para mis lectores y mis libros.
- ¿Tiene algún libro que desea escribir pero que le parezca imposible?
- No, pienso que cualquier libro que uno quiera escribir es absolutamente posible. Es sólo una cuestión de cuánta energía y de cuánto tiempo se dispone. Ahora mismo, estamos trabajando en la película de "El símbolo perdido" y también en la versión cinematográfica de "La conspiración I". Eso me va a mantener ocupado más o menos durante los próximos seis meses. Y entonces empezará con mi nueva novela.
- ¿Y cuál es su próximo proyecto?
- Es "top secret".
Un millón y medio de ejemplares en español
El lanzamiento en español de "El símbolo perdido" tiene previsto una primera tirada de un millón y medio de ejemplares, tanto en España como en Iberoamérica. Cifra que no deja de asombrar a Dan Brown, a pesar de haber vendido un millón de copias en inglés durante su primer día de ventas en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña.
- Usted es presentado a veces como el salvador en solitario de la industria del libro ¿Cómo explica su éxito?
- Para empezar, eso es una exageración. La industria editorial consiste en cientos y cientos de autores. Yo solamente soy un tipo contando una historia. Sí, he tenido éxito por el que estoy muy agradecido. Creo que mi éxito se deriva del hecho de que a los lectores les encanta aprender. Mis libros están llenos de tanta información que la gente se divierte leyéndolos. Y cuando los terminan, se dan cuenta de todo lo que han aprendido y eso entusiasma a los lectores.
- ¿Algún consejo para la industria de los periódicos?
- Ja, ja, ja, ja… Eso es más difícil porque ustedes tienen que contar la verdad. Yo sólo escribo ficción.
- Al principio fue reacio a la hora de llevar sus libros al cine. ¿Cuál es su actual relación con Hollywood?
- Es una buena relación. Mis libros son muy difíciles de adaptar al ser muy complicados y con un montón de contenido. Si dejásemos toda la información intacta, no serían una película, serían una serie de televisión de veinte capítulos. Tengo un tremendo respeto por el director Ron Howard y todo su equipo.
- Pero no le gusta escribir pensando en la gran pantalla...
- Efectivamente. Yo ya escribo en un estilo cinematográfico. Mi vida transcurre un 99,9 % en el mundo de mis libros y solamente una fracción muy pequeña en un decorado de película. Para mí, Robert Langdon es realmente un personaje de libro.
- Cuando estos días se visita cualquier gran librería se encuentran mesas enteras dedicadas a su novela pero también a múltiples títulos publicados a colación.
- Es maravilloso aunque no todos esos libros sean halagadores. Algunos de hecho son muy críticos. Pero no importa. El objetivo de mis libros es crear un diálogo.
Fuente: ABC.es
Rafael Sánchez Ferlosio: "La cultura es un medio de control social"
Rafael Sánchez Ferlosio obtiene el Premio Nacional de las Letras Españolas por su obra ensayística y narrativa.
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
"Alterno poco y cuando alterno, parloteo". Rafael Sánchez Ferlosio estaba ayer especialmente locuaz. Agobiado por las cámaras que le esperaban en la puerta del ascensor de la sede madrileña de Destino, su editorial de toda la vida, el escritor sacó una linterna del bolsillo. Para defenderse de los flases -anda mal de la vista- o para buscar, como Diógenes, un hombre honrado. No entendía la prisa de los periodistas. "¿Por qué no nos vemos mañana [por hoy]? Esto no es lo del barco [por el Alakrana]", había dicho a sus editores. Acababa de ganar el Premio Nacional de las Letras, que distingue el conjunto de la obra de un autor español.
"No volveré a escribir novelas. Tengo ya la cabeza en otra cosa"
"Se ha adueñado de la política el viejo personalismo español"
Lo curioso es que el premio pequeño llegó en esta ocasión detrás del grande, o del mayor que puede recibir un autor en lengua española, el Cervantes. Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) lo obtuvo en 2004. Es la segunda vez que un autor galardonado con el Cervantes (abierto también a Hispanoamérica) recibe el Nacional de las Letras (limitado a España). El primero fue el dramaturgo Antonio Buero Vallejo que los recibió en 1986 y 1996 respectivamente. Autores como Francisco Ayala, José Hierro, Miguel Delibes, José Jiménez Lozano y Francisco Umbral también recibieron los dos, pero obtuvieron el Cervantes en segundo lugar.
Con los 40.000 euros del galardón Ferlosio piensa "hacer obras" en su casa de Coria (Cáceres). Era de su bisabuelo y después lo fue de su padre, Rafael Sánchez Mazas. Ahora la usa él. Entre Coria y Madrid, precisamente, está firmado su último libro, "Guapo" y sus isótopos, un ensayo cuyo punto clave, insiste su autor, "está en la página 98". Allí se determina cómo, frente a sinónimos como mono, lindo o bonito, la palabra guapo -cuyo origen viene de rufián- sólo se refiere a las personas. "Puñeterías de lingüista", sostiene.
El encuentro del autor de El Jarama -"una novela que aborrezco; era una gratuidad"- se convierte en una clase, improvisada, atropellada y brillante, sobre semántica. Dice Ferlosio que compuso su último ensayo a partir de notas de los años setenta. También dice que ha vuelto a entusiasmarse con la lingüística. Eso sí, duda que vuelva a sumergirse en ella con la "obsesión", química e intelectual, de entonces: "Ya no hay anfetaminas, que te pueden hacer decir disparates pero provocan una reflexión formalista que es útil para la gramática. Una vez, con Agustín García Calvo, vi un descendimiento de Cristo en las manchas de la pared".
El entusiasmo por la lingüística "no se dará con la narración", dice rotundo. ¿No querría más lectores? "Lo que uno quiere son libros, no lectores. Aunque claro que me gustaría que estas cosas interesaran a la gente". No es que se sienta más ensayista que narrador: "Son los asuntos los que tiran de mí. Y ahora tengo la cabeza en otra cosa: la guerra, los desastres políticos y militares...".
En ese momento, la charla con el autor de La hija de la guerra y la madre de la patria y God & Gun, se centra en la política. De la nacional le subleva "la incompetencia del Gobierno y de la oposición". También el hecho de que la discusión no sea sobre ideas sino sobre personas (Camps, Aguirre), ni siquiera sobre partidos: "El viejo personalismo español se ha adueñado de la política". Tampoco entiende el empeño por Afganistán de Carme Chacón, ministra de Defensa: "Si hasta Obama duda". El que duda de Obama es el propio Ferlosio: "No está haciendo nada. Tendría que haber roto con Israel por los asentamientos en Cisjordania, pero ha cedido".
Sobre su viejo proyecto de ensayo contra el deporte dice que tiene "muchos papelitos" con "cientos de argumentos", pero que le cuesta encontrar el orden. Y las fuerzas: "Estoy viejo, Me voy a morir pronto". Después de lanzar una andanada contra las pretensiones olímpicas de Madrid, el escritor toma impulso cuando se le pregunta por su opinión sobre el panorama cultural español: "No debería ser desagradecido, pero hay demasiadas funciones, museos, ceremonias, inauguraciones". Al recordar los fastos del quinto centenario del descubrimiento de América, al que él dedicó el demoledor ensayo Esas Yndias equivocadas y malditas, Ferlosio recordó la pretensión de celebrar 50.000 actos culturales: "Pavoroso. En todas partes la cultura ha sido siempre un instrumento de control social".
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JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
"Alterno poco y cuando alterno, parloteo". Rafael Sánchez Ferlosio estaba ayer especialmente locuaz. Agobiado por las cámaras que le esperaban en la puerta del ascensor de la sede madrileña de Destino, su editorial de toda la vida, el escritor sacó una linterna del bolsillo. Para defenderse de los flases -anda mal de la vista- o para buscar, como Diógenes, un hombre honrado. No entendía la prisa de los periodistas. "¿Por qué no nos vemos mañana [por hoy]? Esto no es lo del barco [por el Alakrana]", había dicho a sus editores. Acababa de ganar el Premio Nacional de las Letras, que distingue el conjunto de la obra de un autor español.
"No volveré a escribir novelas. Tengo ya la cabeza en otra cosa"
"Se ha adueñado de la política el viejo personalismo español"
Lo curioso es que el premio pequeño llegó en esta ocasión detrás del grande, o del mayor que puede recibir un autor en lengua española, el Cervantes. Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) lo obtuvo en 2004. Es la segunda vez que un autor galardonado con el Cervantes (abierto también a Hispanoamérica) recibe el Nacional de las Letras (limitado a España). El primero fue el dramaturgo Antonio Buero Vallejo que los recibió en 1986 y 1996 respectivamente. Autores como Francisco Ayala, José Hierro, Miguel Delibes, José Jiménez Lozano y Francisco Umbral también recibieron los dos, pero obtuvieron el Cervantes en segundo lugar.
Con los 40.000 euros del galardón Ferlosio piensa "hacer obras" en su casa de Coria (Cáceres). Era de su bisabuelo y después lo fue de su padre, Rafael Sánchez Mazas. Ahora la usa él. Entre Coria y Madrid, precisamente, está firmado su último libro, "Guapo" y sus isótopos, un ensayo cuyo punto clave, insiste su autor, "está en la página 98". Allí se determina cómo, frente a sinónimos como mono, lindo o bonito, la palabra guapo -cuyo origen viene de rufián- sólo se refiere a las personas. "Puñeterías de lingüista", sostiene.
El encuentro del autor de El Jarama -"una novela que aborrezco; era una gratuidad"- se convierte en una clase, improvisada, atropellada y brillante, sobre semántica. Dice Ferlosio que compuso su último ensayo a partir de notas de los años setenta. También dice que ha vuelto a entusiasmarse con la lingüística. Eso sí, duda que vuelva a sumergirse en ella con la "obsesión", química e intelectual, de entonces: "Ya no hay anfetaminas, que te pueden hacer decir disparates pero provocan una reflexión formalista que es útil para la gramática. Una vez, con Agustín García Calvo, vi un descendimiento de Cristo en las manchas de la pared".
El entusiasmo por la lingüística "no se dará con la narración", dice rotundo. ¿No querría más lectores? "Lo que uno quiere son libros, no lectores. Aunque claro que me gustaría que estas cosas interesaran a la gente". No es que se sienta más ensayista que narrador: "Son los asuntos los que tiran de mí. Y ahora tengo la cabeza en otra cosa: la guerra, los desastres políticos y militares...".
En ese momento, la charla con el autor de La hija de la guerra y la madre de la patria y God & Gun, se centra en la política. De la nacional le subleva "la incompetencia del Gobierno y de la oposición". También el hecho de que la discusión no sea sobre ideas sino sobre personas (Camps, Aguirre), ni siquiera sobre partidos: "El viejo personalismo español se ha adueñado de la política". Tampoco entiende el empeño por Afganistán de Carme Chacón, ministra de Defensa: "Si hasta Obama duda". El que duda de Obama es el propio Ferlosio: "No está haciendo nada. Tendría que haber roto con Israel por los asentamientos en Cisjordania, pero ha cedido".
Sobre su viejo proyecto de ensayo contra el deporte dice que tiene "muchos papelitos" con "cientos de argumentos", pero que le cuesta encontrar el orden. Y las fuerzas: "Estoy viejo, Me voy a morir pronto". Después de lanzar una andanada contra las pretensiones olímpicas de Madrid, el escritor toma impulso cuando se le pregunta por su opinión sobre el panorama cultural español: "No debería ser desagradecido, pero hay demasiadas funciones, museos, ceremonias, inauguraciones". Al recordar los fastos del quinto centenario del descubrimiento de América, al que él dedicó el demoledor ensayo Esas Yndias equivocadas y malditas, Ferlosio recordó la pretensión de celebrar 50.000 actos culturales: "Pavoroso. En todas partes la cultura ha sido siempre un instrumento de control social".
"En España nos faltó la guillotina"

Arturo Pérez Reverte
"En España nos faltó la guillotina"
Antes de que trescientos mil ejemplares de El asedio (Alfaguara) tomen el próximo miércoles las librerías de España, Arturo Pérez-Reverte se fue a navegar solo, “nada, fui a Ibiza y volví”, para pertrecharse de la soledad y los silencios que le van a faltar en la vorágine de promoción en la que ya está metido. Ha trabajado duro dos años, dice este marino lector “que ocasionalmente escribe novelas”. Dos años de ensamblaje, después de tanto ir y venir, y leer, y pisar Cádiz. Cuenta Pérez-Reverte que El asedio es una novela moderna con personajes y sucesos de dos siglos atrás. Con esa vehemencia imposible que se gasta, cuenta, como verán, muchas más cosas. El Cultural publica hoy en exclusiva un capítulo de la novela.
Ha escrito Pérez-Reverte una novela con todos los palos de su baraja y los triunfos que viene acumulando de sus partidas anteriores. El asedio es una novela de misterio, de mar, de amor, de política, de ciencia y de historia de España, por decirlo a la velocidad con la que Arturo habla. Es el relato de un gran fracaso. La historia de un mundo que se acaba y otro que no llega a nacer. Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época. Comerciantes avispados, artilleros franceses, jovencitas asesinadas, corsarios, policías corruptos y mucha pólvora completan la escena. Ya se sabe que en las novelas de Pérez-Reverte pasan muchas cosas. Estamos en la Cádiz de 1811.
- ¡Qué Cádiz! ¿Era, efectivamente, la ciudad más liberal de Europa?
- Lo era, lo era. Pero esta novela podía haberla situado en Troya, en el Leningrado cercado por los nazis, en el Madrid de 1936 o en el Sarajevo del 92. El problema que se plantea es un conflicto moderno. Pero Cádiz me daba unas características especiales: es una ciudad sometida a los vientos, con una topografía muy definida que no ha cambiado apenas en dos siglos: pones un mapa de hoy sobre un mapa del siglo XVIII y coincide casi exactamente. Todo eso me permitía moverme por ella con mucha seguridad. Es decir, Cádiz tiene esos elementos climatológicos, urbanos, arquitectónicos y geométricos que se adecuaban a mi historia.
"Lo que España tenía que haber sido y no fue"
-Además preparaba una constitución... Históricamente vivía una etapa importante...
- Sí, pero yo no quería contar eso. Eso ya lo contó Galdós y lo contó muy bien, y lo contó Ramón Solís, en Un siglo llama a la puerta, también muy bien. Yo no quería reescribir una novela histórica sobre Cádiz. Habría sido estéril, absurdo... Yo quería escribir mi novela, y que pasara en Cádiz. Una Cádiz que fue el ejemplo de la España que pudo ser y no fue. Donde la aristocracia no era de nobles, ni siquiera de dinero, sino de comerciantes, una aristocracia moderna, comparable a la Inglaterra o la Holanda de entonces, y con una clase dirigente abierta, liberal, que viajaba, que hablaba idiomas, donde la religión no era un elemento determinante, donde la política estaba supeditaba a la economía, y no al revés.
- Y era ese mar, lleno de comerciantes y corsarios, de intrigas, contrabandistas y asesinos el que lo hacía posible, ¿no?
- Sí, claro, ese continuo contacto con la civilización, con la cultura, con el comercio, con la guerra, con lo que venía de fuera, tanto libros como periódicos. Su relación ultramarina con las colonias de América hacía de Cádiz una ciudad especial, que no tenía nada que ver con el resto de España. España era entonces un lugar cerrado, oscuro, donde estaban los curas, los reyes, los ministros, y la aristocracia corrupta y acabada, mientras que Cádiz era moderna, abierta, y era el mar, sí, el que la hacía posible. ¡Me entristecía tanto pensar, mientras manejaba toda esa documentación de la época, lo que Cádiz era, lo que España tenía que haber sido y que no fue por nuestra estupidez de siempre...!
España es un país históricamente enfermo
- Cádiz como metáfora de la gran ocasión perdida. ¿Por qué se truncó la historia?
- Porque España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia: desde Indíbil y Mandonio, los Austrias, la Ilustración... Hasta ahora mismo... Mira cómo nos estamos cargando la democracia. En cuando se empieza a perfilar una España distinta, esa España que empieza a ser posible, la destruyen los mismos españoles: la arrogancia de unos y el fanatismo de los otros. En Cádiz, los constitucionalistas liberales no supieron ver lo que era posible y no era posible. Quisieron hacer una constitución radical de la noche a la mañana, y eso era imposible. La misma constitución tenía el gen de su destrucción. Y cuando lees las actas de los debates, ves cómo se odiaban unos a otros, cómo se puteaban, cómo usaban la Prensa como arma arrojadiza... cómo ese esquema dialéctico, terrible y destructivo, se va reproduciendo en el siglo XIX, XX y XXI. El oportunismo político ya se da en la Constitución de Cádiz. Es desolador ver cómo el español repite los errores, cómo se carga lo que se le ponga delante.
- ¿Hasta qué punto El asedio es una especie de balance, de fin de ciclo como escritor, después de estos veinte últimos años?
- Sí, lo es. Quería escribir una novela en la que de alguna manera estuvieran todas mis novelas anteriores y cupieran en ella todos mis lectores; no una novela total, que me parece una palabra pedante, pero sí lo bastante amplia como para que cualquier lector de mis distintas novelas tuviera un eco de las otras; una novela, si quieres, de madurez, con todos mis trucos, mi experiencia....
- Y su memoria, su memoria histórica particular...
- Sí, al fondo está España, como siempre. Más diluida que en Un día de cólera, Trafalgar o Alatriste, indudablemente. Pero no es una novela didáctica. Yo no quería contarle al lector lo que era España entonces, sino mover a mis personajes por esa España, de manera que al lector, mientras los acompaña, se le esté quedando pegada casi sin darse cuenta cómo era aquella España y ese mundo fascinante.
La memoria analfabeta es muy peligrosa
Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.
- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?
- Hombre, Arturo...
- Sí, el español es históricamente un hijo de puta, pero para comprenderlo, para aceptarlo, para quererlo, con lo bueno y lo malo -ahí está también su generosidad, su capacidad de olvidar y de perdonar, de empezar de nuevo- hace falta conocer sus tres mil años de desarrollo y no un pequeño periodo en el cual por sí solo no explica nada.... Me parece muy bien la Ley de Memoria Histórica, pero necesita tener una letra pequeña, un apéndice que la contextualice... Yo soy de Cartagena, y en Cartagena, que era zona roja, hubo de todo, hubo represión brutal de los milicianos y represión brutal de los falangistas. Y a mí, cuando era pequeño, me contaron las dos represiones, las dos; por eso, hablar de unos buenos y otros malos a estas alturas... Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, TODOS.
“¡No me cuentes historias!”
- No sé si sólo es cuestión de incultura...
- Si este país no fuese un país analfabeto, cuando a la gente le dicen: estos son los buenos y estos los malos, diría, ¡no me cuentes historias, que yo sé muy bien de qué estamos hablando, que yo he leído, que sé que no, que sé que los carlistas, y sé que los isabelinos, y sé que Fernando VII y sé que la Constitución, y sé que los nacionales, y los rojos, y sé que los socialistas, y sé que los comunistas... Que yo sé! El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, y con gente así, esa Ley de Memoria Histórica es ponerle una pistola en la mano. No estamos preparados para leyes como ésas.
“¿Sabes realmente cuál es mi lamento histórico? Es que aquí nos faltó una guillotina al final del siglo XVIII. El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido”.
Se acerca un lector devoto, ignorante de la gravedad de la situación, preguntando por su próxima novela. Otro, más tarde, le pide que le firme Cuando éramos honrados mercenarios, que lleva en su mochila. Al escritor le ruborizan los elogios y quiere que termine la escena vaporosa lo antes posible. Aparece el gran tímido que lleva dentro, tan alejado del bravucón que se mete en mil batallas. “Estas muestras de afecto me hacen sentirme mal, sentirme responsable, yo sólo soy un tipo que escribe, que mete mensajes en una botella sin esperar retorno”.
Ajuste de cuentas con el mundo
Siempre he creído que Pérez-Reverte habla como sus rudos personajes, pero que es él quien se parece a ellos, y no al revés. “La literatura -dice- es como el alcohol: nadie pone lo que no tiene. O lo robas, o lo tienes. Y a mis personajes los he hecho yo. No he bebido en fuentes documentales solamente. Es mi propia mirada sobre el mundo la que vierto en los libros. En ellos está mi sentido de la amistad, de la vida, de la muerte, de la lealtad. Creo que soy un escritor coherente”.
-Esa fama tan cimentada que lo acompaña, fama de independiente y libre, también de cierta chulería...
- ¿Y qué tiene de malo eso?
- ...fama de hombre herido...
- Herido no... ¿por qué? Bueno, acaba la pregunta...
- ...de estar en un continuo ajuste de cuentas con el mundo.
- Es que a mí el mundo que he visto no me gusta. Sí, es verdad, estoy herido por el mundo. Mi vida ha sido una sucesión de haitís... Y de Haití es tan culpable el azar como la estupidez de los hombres... y en mi vida, en mis artículos y en mis libros intento ajustar cuentas con el uno y con el otro. Porque a mí me han hecho los libros que he leído y las cosas que he visto. Y los libros me han servido para digerir e interpretar las cosas que he visto. Sin los libros no habría podido sobrevivir personalmente a muchas de esas tragedias que he visto, a Sarajevo del 92, al Beirut del 76, a Eritrea del 77. Esa colección de fotos, de fantasmas, de haitís que tengo en la memoria, sin esos libros como analgésico, como clave, me habría sublevado, estaría disparando contra la gente. Los libros me han dado cordura. Me han hecho digerir lo indigerible. Sin todos esos libros, estaría perturbado seriamente, sería una persona muy desagradable.
Todo Titanic tiene su iceberg
-Las cosas parece que han cambiado poco desde su Territorio Comanche de hace 20 años.
-El hombre moderno se niega a aceptar las reglas: el mundo es un lugar peligroso, hostil, todo Titanic tiene su iceberg, y nos negamos a verlo. La gente se deja timar por las agencias de viaje que hablan de lugares paradisíacos, pero el mundo es un sitio muy jodido. Es que los barcos se hunden, y los virus te infectan, y las balas te matan... es asombroso que la gente se niegue a aceptar que el mundo es un lugar así, pero los viejos lo sabían y nosotros lo hemos olvidado. Mira el cuadro de Brueghel el Viejo del Prado: esos viejos lo sabían, y con nuestra estupidez lo olvidamos todo y pagamos el precio de ese olvido. Y oímos: “¡Que me saquen de aquí!... ¡Que el gobierno intervenga!...” Pero, gilipollas, ¿por qué te has metido?
“El mundo es un sitio muy duro, sí”, remata el escritor, y continúa: “Pero, escúchame una cosa: cualquier médico de urgencias de un hospital, cualquier penalista que se pasea por la cárcel, cualquier chica que trabaje con marginados conocen la dureza del mundo. No hace falta ir a la guerra... Esto que tenemos aquí, en Occidente, es la excepción, el mundo real es aquello. Y ya no estamos preparados para defendernos frente al mundo."
Un trabajo, no un don divino
-Hace tiempo le oí decir que nunca pertenecería al mundo hipócrita, falso, lleno de envidias que es el mundo literario. “Prefiero -recuerdo que decía- estar fuera de todo esto y estoy muy feliz de no deber nada a nadie, en el terreno literario”.
- Ya ves que he sido coherente, que han pasado los años y he seguido mi camino. No debo nada, no, pero por eso no me creo mejor que nadie. Simplemente, no pertenezco a ese mundo; no voy a veladas literarias, ni a Hay festivales, ni a la Feria del libro (aunque a lo mejor este año voy). Me mantengo fuera. ¿Por qué? Porque no lo necesito. No veo que haya relación entre dar un ciclo de conferencias sobre la literatura del próximo milenio y escribir novelas. Y yo escribo novelas. Y trabajo todos los días y lo mejor que puedo. Esto es un trabajo, no un don divino. No soy un artista. Tengo una obligación moral conmigo mismo y con la gente que me lee. Tengo que concentrarme en eso y no ir por ahí teorizando sobre literatura, que me importa un carajo.
- Si, pero ahora es usted académico.
-Ya, pero eso no lo pedí. ¿Quién iba a rechazar ese honor? Estoy encantado, además. Estar entre gente sabia es un privilegio. Dice Javier Marías que la Academia es lo más parecido a un club inglés que ha visto en su vida. Pero no, no es un club, es algo abierto al mundo, a América; es un lugar de trabajo interesantísimo. Formar parte de ese grupo es un honor inmenso.
- ¿Lee los libros de otros colegas, o sólo libros de Historia?
-(Silencio largo, largo) Es evidente que algunos leo. Leo los libros de mis amigos. Leo poco, pero poco por dos razones: primero, porque tengo 58 años y me queda un tiempo limitado. Y prefiero leer historia, o clásicos griegos y latinos, que es lo que me gusta. Ya no leo prácticamente novela, pero releer a Montaigne, a Virgilio, a Suetonio, a Plutarco... eso sí me alimenta, me es útil. Yo voy cambiando, así que siempre me resulta una lectura diferente.
En el making-of de la entrevista se han quedado algunas curiosidades del escritor. Ahí van éstas: “Desde hace 25 años veo dos películas diarias en mi casa”... “De esta novela no sale una película, es demasiado compleja”... “Antes de tener éxito con mis libros, yo era igual de chulo”... “Sé que hay gente que mataría por mí y otra que no me soporta”... “No creas, yo también tengo mis ternuras”...
Y alguna perla más.
Blanca BERASATEGUI
"En España nos faltó la guillotina"
Antes de que trescientos mil ejemplares de El asedio (Alfaguara) tomen el próximo miércoles las librerías de España, Arturo Pérez-Reverte se fue a navegar solo, “nada, fui a Ibiza y volví”, para pertrecharse de la soledad y los silencios que le van a faltar en la vorágine de promoción en la que ya está metido. Ha trabajado duro dos años, dice este marino lector “que ocasionalmente escribe novelas”. Dos años de ensamblaje, después de tanto ir y venir, y leer, y pisar Cádiz. Cuenta Pérez-Reverte que El asedio es una novela moderna con personajes y sucesos de dos siglos atrás. Con esa vehemencia imposible que se gasta, cuenta, como verán, muchas más cosas. El Cultural publica hoy en exclusiva un capítulo de la novela.
Ha escrito Pérez-Reverte una novela con todos los palos de su baraja y los triunfos que viene acumulando de sus partidas anteriores. El asedio es una novela de misterio, de mar, de amor, de política, de ciencia y de historia de España, por decirlo a la velocidad con la que Arturo habla. Es el relato de un gran fracaso. La historia de un mundo que se acaba y otro que no llega a nacer. Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época. Comerciantes avispados, artilleros franceses, jovencitas asesinadas, corsarios, policías corruptos y mucha pólvora completan la escena. Ya se sabe que en las novelas de Pérez-Reverte pasan muchas cosas. Estamos en la Cádiz de 1811.
- ¡Qué Cádiz! ¿Era, efectivamente, la ciudad más liberal de Europa?
- Lo era, lo era. Pero esta novela podía haberla situado en Troya, en el Leningrado cercado por los nazis, en el Madrid de 1936 o en el Sarajevo del 92. El problema que se plantea es un conflicto moderno. Pero Cádiz me daba unas características especiales: es una ciudad sometida a los vientos, con una topografía muy definida que no ha cambiado apenas en dos siglos: pones un mapa de hoy sobre un mapa del siglo XVIII y coincide casi exactamente. Todo eso me permitía moverme por ella con mucha seguridad. Es decir, Cádiz tiene esos elementos climatológicos, urbanos, arquitectónicos y geométricos que se adecuaban a mi historia.
"Lo que España tenía que haber sido y no fue"
-Además preparaba una constitución... Históricamente vivía una etapa importante...
- Sí, pero yo no quería contar eso. Eso ya lo contó Galdós y lo contó muy bien, y lo contó Ramón Solís, en Un siglo llama a la puerta, también muy bien. Yo no quería reescribir una novela histórica sobre Cádiz. Habría sido estéril, absurdo... Yo quería escribir mi novela, y que pasara en Cádiz. Una Cádiz que fue el ejemplo de la España que pudo ser y no fue. Donde la aristocracia no era de nobles, ni siquiera de dinero, sino de comerciantes, una aristocracia moderna, comparable a la Inglaterra o la Holanda de entonces, y con una clase dirigente abierta, liberal, que viajaba, que hablaba idiomas, donde la religión no era un elemento determinante, donde la política estaba supeditaba a la economía, y no al revés.
- Y era ese mar, lleno de comerciantes y corsarios, de intrigas, contrabandistas y asesinos el que lo hacía posible, ¿no?
- Sí, claro, ese continuo contacto con la civilización, con la cultura, con el comercio, con la guerra, con lo que venía de fuera, tanto libros como periódicos. Su relación ultramarina con las colonias de América hacía de Cádiz una ciudad especial, que no tenía nada que ver con el resto de España. España era entonces un lugar cerrado, oscuro, donde estaban los curas, los reyes, los ministros, y la aristocracia corrupta y acabada, mientras que Cádiz era moderna, abierta, y era el mar, sí, el que la hacía posible. ¡Me entristecía tanto pensar, mientras manejaba toda esa documentación de la época, lo que Cádiz era, lo que España tenía que haber sido y que no fue por nuestra estupidez de siempre...!
España es un país históricamente enfermo
- Cádiz como metáfora de la gran ocasión perdida. ¿Por qué se truncó la historia?
- Porque España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia: desde Indíbil y Mandonio, los Austrias, la Ilustración... Hasta ahora mismo... Mira cómo nos estamos cargando la democracia. En cuando se empieza a perfilar una España distinta, esa España que empieza a ser posible, la destruyen los mismos españoles: la arrogancia de unos y el fanatismo de los otros. En Cádiz, los constitucionalistas liberales no supieron ver lo que era posible y no era posible. Quisieron hacer una constitución radical de la noche a la mañana, y eso era imposible. La misma constitución tenía el gen de su destrucción. Y cuando lees las actas de los debates, ves cómo se odiaban unos a otros, cómo se puteaban, cómo usaban la Prensa como arma arrojadiza... cómo ese esquema dialéctico, terrible y destructivo, se va reproduciendo en el siglo XIX, XX y XXI. El oportunismo político ya se da en la Constitución de Cádiz. Es desolador ver cómo el español repite los errores, cómo se carga lo que se le ponga delante.
- ¿Hasta qué punto El asedio es una especie de balance, de fin de ciclo como escritor, después de estos veinte últimos años?
- Sí, lo es. Quería escribir una novela en la que de alguna manera estuvieran todas mis novelas anteriores y cupieran en ella todos mis lectores; no una novela total, que me parece una palabra pedante, pero sí lo bastante amplia como para que cualquier lector de mis distintas novelas tuviera un eco de las otras; una novela, si quieres, de madurez, con todos mis trucos, mi experiencia....
- Y su memoria, su memoria histórica particular...
- Sí, al fondo está España, como siempre. Más diluida que en Un día de cólera, Trafalgar o Alatriste, indudablemente. Pero no es una novela didáctica. Yo no quería contarle al lector lo que era España entonces, sino mover a mis personajes por esa España, de manera que al lector, mientras los acompaña, se le esté quedando pegada casi sin darse cuenta cómo era aquella España y ese mundo fascinante.
La memoria analfabeta es muy peligrosa
Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.
- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?
- Hombre, Arturo...
- Sí, el español es históricamente un hijo de puta, pero para comprenderlo, para aceptarlo, para quererlo, con lo bueno y lo malo -ahí está también su generosidad, su capacidad de olvidar y de perdonar, de empezar de nuevo- hace falta conocer sus tres mil años de desarrollo y no un pequeño periodo en el cual por sí solo no explica nada.... Me parece muy bien la Ley de Memoria Histórica, pero necesita tener una letra pequeña, un apéndice que la contextualice... Yo soy de Cartagena, y en Cartagena, que era zona roja, hubo de todo, hubo represión brutal de los milicianos y represión brutal de los falangistas. Y a mí, cuando era pequeño, me contaron las dos represiones, las dos; por eso, hablar de unos buenos y otros malos a estas alturas... Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, TODOS.
“¡No me cuentes historias!”
- No sé si sólo es cuestión de incultura...
- Si este país no fuese un país analfabeto, cuando a la gente le dicen: estos son los buenos y estos los malos, diría, ¡no me cuentes historias, que yo sé muy bien de qué estamos hablando, que yo he leído, que sé que no, que sé que los carlistas, y sé que los isabelinos, y sé que Fernando VII y sé que la Constitución, y sé que los nacionales, y los rojos, y sé que los socialistas, y sé que los comunistas... Que yo sé! El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, y con gente así, esa Ley de Memoria Histórica es ponerle una pistola en la mano. No estamos preparados para leyes como ésas.
“¿Sabes realmente cuál es mi lamento histórico? Es que aquí nos faltó una guillotina al final del siglo XVIII. El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido”.
Se acerca un lector devoto, ignorante de la gravedad de la situación, preguntando por su próxima novela. Otro, más tarde, le pide que le firme Cuando éramos honrados mercenarios, que lleva en su mochila. Al escritor le ruborizan los elogios y quiere que termine la escena vaporosa lo antes posible. Aparece el gran tímido que lleva dentro, tan alejado del bravucón que se mete en mil batallas. “Estas muestras de afecto me hacen sentirme mal, sentirme responsable, yo sólo soy un tipo que escribe, que mete mensajes en una botella sin esperar retorno”.
Ajuste de cuentas con el mundo
Siempre he creído que Pérez-Reverte habla como sus rudos personajes, pero que es él quien se parece a ellos, y no al revés. “La literatura -dice- es como el alcohol: nadie pone lo que no tiene. O lo robas, o lo tienes. Y a mis personajes los he hecho yo. No he bebido en fuentes documentales solamente. Es mi propia mirada sobre el mundo la que vierto en los libros. En ellos está mi sentido de la amistad, de la vida, de la muerte, de la lealtad. Creo que soy un escritor coherente”.
-Esa fama tan cimentada que lo acompaña, fama de independiente y libre, también de cierta chulería...
- ¿Y qué tiene de malo eso?
- ...fama de hombre herido...
- Herido no... ¿por qué? Bueno, acaba la pregunta...
- ...de estar en un continuo ajuste de cuentas con el mundo.
- Es que a mí el mundo que he visto no me gusta. Sí, es verdad, estoy herido por el mundo. Mi vida ha sido una sucesión de haitís... Y de Haití es tan culpable el azar como la estupidez de los hombres... y en mi vida, en mis artículos y en mis libros intento ajustar cuentas con el uno y con el otro. Porque a mí me han hecho los libros que he leído y las cosas que he visto. Y los libros me han servido para digerir e interpretar las cosas que he visto. Sin los libros no habría podido sobrevivir personalmente a muchas de esas tragedias que he visto, a Sarajevo del 92, al Beirut del 76, a Eritrea del 77. Esa colección de fotos, de fantasmas, de haitís que tengo en la memoria, sin esos libros como analgésico, como clave, me habría sublevado, estaría disparando contra la gente. Los libros me han dado cordura. Me han hecho digerir lo indigerible. Sin todos esos libros, estaría perturbado seriamente, sería una persona muy desagradable.
Todo Titanic tiene su iceberg
-Las cosas parece que han cambiado poco desde su Territorio Comanche de hace 20 años.
-El hombre moderno se niega a aceptar las reglas: el mundo es un lugar peligroso, hostil, todo Titanic tiene su iceberg, y nos negamos a verlo. La gente se deja timar por las agencias de viaje que hablan de lugares paradisíacos, pero el mundo es un sitio muy jodido. Es que los barcos se hunden, y los virus te infectan, y las balas te matan... es asombroso que la gente se niegue a aceptar que el mundo es un lugar así, pero los viejos lo sabían y nosotros lo hemos olvidado. Mira el cuadro de Brueghel el Viejo del Prado: esos viejos lo sabían, y con nuestra estupidez lo olvidamos todo y pagamos el precio de ese olvido. Y oímos: “¡Que me saquen de aquí!... ¡Que el gobierno intervenga!...” Pero, gilipollas, ¿por qué te has metido?
“El mundo es un sitio muy duro, sí”, remata el escritor, y continúa: “Pero, escúchame una cosa: cualquier médico de urgencias de un hospital, cualquier penalista que se pasea por la cárcel, cualquier chica que trabaje con marginados conocen la dureza del mundo. No hace falta ir a la guerra... Esto que tenemos aquí, en Occidente, es la excepción, el mundo real es aquello. Y ya no estamos preparados para defendernos frente al mundo."
Un trabajo, no un don divino
-Hace tiempo le oí decir que nunca pertenecería al mundo hipócrita, falso, lleno de envidias que es el mundo literario. “Prefiero -recuerdo que decía- estar fuera de todo esto y estoy muy feliz de no deber nada a nadie, en el terreno literario”.
- Ya ves que he sido coherente, que han pasado los años y he seguido mi camino. No debo nada, no, pero por eso no me creo mejor que nadie. Simplemente, no pertenezco a ese mundo; no voy a veladas literarias, ni a Hay festivales, ni a la Feria del libro (aunque a lo mejor este año voy). Me mantengo fuera. ¿Por qué? Porque no lo necesito. No veo que haya relación entre dar un ciclo de conferencias sobre la literatura del próximo milenio y escribir novelas. Y yo escribo novelas. Y trabajo todos los días y lo mejor que puedo. Esto es un trabajo, no un don divino. No soy un artista. Tengo una obligación moral conmigo mismo y con la gente que me lee. Tengo que concentrarme en eso y no ir por ahí teorizando sobre literatura, que me importa un carajo.
- Si, pero ahora es usted académico.
-Ya, pero eso no lo pedí. ¿Quién iba a rechazar ese honor? Estoy encantado, además. Estar entre gente sabia es un privilegio. Dice Javier Marías que la Academia es lo más parecido a un club inglés que ha visto en su vida. Pero no, no es un club, es algo abierto al mundo, a América; es un lugar de trabajo interesantísimo. Formar parte de ese grupo es un honor inmenso.
- ¿Lee los libros de otros colegas, o sólo libros de Historia?
-(Silencio largo, largo) Es evidente que algunos leo. Leo los libros de mis amigos. Leo poco, pero poco por dos razones: primero, porque tengo 58 años y me queda un tiempo limitado. Y prefiero leer historia, o clásicos griegos y latinos, que es lo que me gusta. Ya no leo prácticamente novela, pero releer a Montaigne, a Virgilio, a Suetonio, a Plutarco... eso sí me alimenta, me es útil. Yo voy cambiando, así que siempre me resulta una lectura diferente.
En el making-of de la entrevista se han quedado algunas curiosidades del escritor. Ahí van éstas: “Desde hace 25 años veo dos películas diarias en mi casa”... “De esta novela no sale una película, es demasiado compleja”... “Antes de tener éxito con mis libros, yo era igual de chulo”... “Sé que hay gente que mataría por mí y otra que no me soporta”... “No creas, yo también tengo mis ternuras”...
Y alguna perla más.
Blanca BERASATEGUI
El Cultural
martes, 2 de marzo de 2010
Carlos Fuentes: “La novela es un género impuro”

Carlos Fuentes tiene 81 años. Quien lo presenta, el escritor y periodista chileno Arturo Fontaine, anuncia que los ha cumplido hace poco. Todos aplauden a modo de felicitación. En el fondo, todos felicitan al hombre que a esa edad habla con una fuerza inusitada, con un ímpetu salido desde su pecho prácticamente. Carlos Fuentes se levanta y agradece los aplausos por su cumpleaños. Ha venido a Santiago de Chile para presentar su última novela, Adán en Edén, y los chilenos inflan el pecho con orgullo porque es el primer país en donde se comenta esta obra, contando, además, con la presencia de su autor.
¿Qué nos trae ahora Carlos Fuentes? El autor de títulos como La región más transparente o La silla del águila retoma en esta obra el tema del poder, pero desde la perspectiva actual mexicana. Para hablar sobre Adán en Edén, Fuentes citó durante casi toda su presentación a El Quijote de la Mancha, asegurando que Cervantes fue el inventor de la novela: “Estoy convencido de que la novela la inventa Cervantes y la inventa como un género de géneros, si uno ve bien en el Quijote hay la épica, una épica burlona, en la figura de don Quijote, pero para él no es una burla, para él es muy serio creerse un hombre héroe de caballería. Está la novela picaresca con Sancho, está la novela pastoral con Cardemio, está la novela dentro de la novela, el curioso impertinente, está la novela morisca, está la novela de la actualidad absoluta con el bandido y contrabandista de indias Roque Guinard, que era un hombre real de las noticias; incluso, hay un momento en que don Quijote y Sancho son espectadores de un combate naval en Barcelona. Cervantes entonces inventa la novela como género de géneros. Aquí cabe todo, se puede oponer el énfasis más en un aspecto que otro”. Y acto seguido Fuentes explica en dónde puso su énfasis: “Traté de poner el acento sobre la novela como su nombre lo indica: novela novelar, novela portadora de noticias y las noticias que se portan aquí, pues son noticas un tanto macabras, son noticias de la violencia, del crimen, del narcotráfico, de muchas cosas que nos están asolando en México. No quería hacer una novela de denuncia, una novela muy aburrida y pesada, y por eso traté de combinar el horror con el humor”.
Según Fuentes, en esta obra “hay un doble juego que lo permite la novela como género de géneros, que puede constantemente combinar y no está uno condenado a seguir una pureza cualquiera que sea en la novela; la novela es un género impuro, es un basurero de la literatura, pero de ese basurero vivimos todos”. Y todos ríen con esta última ocurrencia.
Adán en Edén es la historia de Adán Gorozpe, narrada por él mismo. Adán Gorozpe ha llegado a tener poder gracias a una unión matrimonial muy conveniente con Priscila, “princesa de la primavera” e hija del “rey del bizcocho”. Sin embargo, en un país asediado por todos los costados por el crimen, la corrupción y la violencia, aparece la figura de otro Adán, Adán Góngora, un policía corrupto que se ha ganado la venia de la opinión pública y viene a proponerle a su tocayo un negocio político que no podrá rechazar, pero que lo obligará a meterse de forma más profunda en el terreno del crimen y la violencia.
En esta obra el protagonista se cuestiona sobre la naturaleza de su poder, si será otorgado por otros o si lo tiene por sí mismo, pero también se pregunta por la naturaleza de la libertad, por el “espíritu libre”. Carlos Fuentes también dijo algo al respecto: “La libertad es una creación humana. Creamos la libertad en contra de todas las circunstancias, de la fatalidad, del puro estar, de la naturaleza, frente a todos estos hechos definitivos e implacables decimos ‘no’, el decir ‘no’ es la esencia de la libertad, poder decir no y no decirle sí a todo y bajar la cabeza. Es decir, ‘no, hasta aquí, este es mi espacio, esta es la libertad de nuestro pueblo, esta es la libertad de mi gente, esta es mi libertad, usted no la puede tocar, usted puede ejercer su poder pero con límites, hasta aquí, nada más’. Y esto es todo el problema de la dictadura que no quiere reconocer que haya límites al poder del Estado o al poder del dictador. En cambio, en un régimen democrático, que no es perfecto de ninguna manera, por lo menos hay gente que dice: hasta aquí llega el poder de ustedes y aquí empieza mi pobre miserable y pinche poder, pero que es muy mío no me lo quiten”. Nuevamente muchas risas.
También habló sobre su obra Diana o la cazadora solitaria, una de sus pocas novelas con un explícito contenido autobiográfico: su amorío con la actriz Diana Soren. Dice Fuentes: “Es cierto que mis novelas no son muy autobiográficas, finalmente trato de crear una distancia para poder ver con más claridad el mundo y los personajes que considero son más interesantes que yo y mi biografía. Esta fue una incursión biográfica, pero con un giro inesperado, espero, y es que el protagonista y narrador que tiene esta aventura es el perdedor, finalmente fracasa en su intento amoroso, queda ridiculizado y soy yo, queda aplastado, y soy yo, lo regresan a su casa, y soy yo. De manera que ahí no hay heroicidad alguna, es la condición para escribir esa novela para influir, fue decir voy a contar esta historia porque es interesante, pero a condición de ser muy sincero conmigo mismo y decir ‘yo fracasé en esa relación’ y es lo que voy a contar: la historia de una pasión y de un fracaso en el que el burro apaleado soy yo mismo, el narrador”.
Al final de la presentación, Carlos Fuentes fue invitado a leer las primeras líneas de Adán en Edén, para luego dirigirse al estand de su editorial y firmar libros y tomarse fotos con un séquito de lectores y admiradores, quienes lo habían esperado, ansiosos, desde muy temprano.
Fuente: El espectador.com
¿Qué nos trae ahora Carlos Fuentes? El autor de títulos como La región más transparente o La silla del águila retoma en esta obra el tema del poder, pero desde la perspectiva actual mexicana. Para hablar sobre Adán en Edén, Fuentes citó durante casi toda su presentación a El Quijote de la Mancha, asegurando que Cervantes fue el inventor de la novela: “Estoy convencido de que la novela la inventa Cervantes y la inventa como un género de géneros, si uno ve bien en el Quijote hay la épica, una épica burlona, en la figura de don Quijote, pero para él no es una burla, para él es muy serio creerse un hombre héroe de caballería. Está la novela picaresca con Sancho, está la novela pastoral con Cardemio, está la novela dentro de la novela, el curioso impertinente, está la novela morisca, está la novela de la actualidad absoluta con el bandido y contrabandista de indias Roque Guinard, que era un hombre real de las noticias; incluso, hay un momento en que don Quijote y Sancho son espectadores de un combate naval en Barcelona. Cervantes entonces inventa la novela como género de géneros. Aquí cabe todo, se puede oponer el énfasis más en un aspecto que otro”. Y acto seguido Fuentes explica en dónde puso su énfasis: “Traté de poner el acento sobre la novela como su nombre lo indica: novela novelar, novela portadora de noticias y las noticias que se portan aquí, pues son noticas un tanto macabras, son noticias de la violencia, del crimen, del narcotráfico, de muchas cosas que nos están asolando en México. No quería hacer una novela de denuncia, una novela muy aburrida y pesada, y por eso traté de combinar el horror con el humor”.
Según Fuentes, en esta obra “hay un doble juego que lo permite la novela como género de géneros, que puede constantemente combinar y no está uno condenado a seguir una pureza cualquiera que sea en la novela; la novela es un género impuro, es un basurero de la literatura, pero de ese basurero vivimos todos”. Y todos ríen con esta última ocurrencia.
Adán en Edén es la historia de Adán Gorozpe, narrada por él mismo. Adán Gorozpe ha llegado a tener poder gracias a una unión matrimonial muy conveniente con Priscila, “princesa de la primavera” e hija del “rey del bizcocho”. Sin embargo, en un país asediado por todos los costados por el crimen, la corrupción y la violencia, aparece la figura de otro Adán, Adán Góngora, un policía corrupto que se ha ganado la venia de la opinión pública y viene a proponerle a su tocayo un negocio político que no podrá rechazar, pero que lo obligará a meterse de forma más profunda en el terreno del crimen y la violencia.
En esta obra el protagonista se cuestiona sobre la naturaleza de su poder, si será otorgado por otros o si lo tiene por sí mismo, pero también se pregunta por la naturaleza de la libertad, por el “espíritu libre”. Carlos Fuentes también dijo algo al respecto: “La libertad es una creación humana. Creamos la libertad en contra de todas las circunstancias, de la fatalidad, del puro estar, de la naturaleza, frente a todos estos hechos definitivos e implacables decimos ‘no’, el decir ‘no’ es la esencia de la libertad, poder decir no y no decirle sí a todo y bajar la cabeza. Es decir, ‘no, hasta aquí, este es mi espacio, esta es la libertad de nuestro pueblo, esta es la libertad de mi gente, esta es mi libertad, usted no la puede tocar, usted puede ejercer su poder pero con límites, hasta aquí, nada más’. Y esto es todo el problema de la dictadura que no quiere reconocer que haya límites al poder del Estado o al poder del dictador. En cambio, en un régimen democrático, que no es perfecto de ninguna manera, por lo menos hay gente que dice: hasta aquí llega el poder de ustedes y aquí empieza mi pobre miserable y pinche poder, pero que es muy mío no me lo quiten”. Nuevamente muchas risas.
También habló sobre su obra Diana o la cazadora solitaria, una de sus pocas novelas con un explícito contenido autobiográfico: su amorío con la actriz Diana Soren. Dice Fuentes: “Es cierto que mis novelas no son muy autobiográficas, finalmente trato de crear una distancia para poder ver con más claridad el mundo y los personajes que considero son más interesantes que yo y mi biografía. Esta fue una incursión biográfica, pero con un giro inesperado, espero, y es que el protagonista y narrador que tiene esta aventura es el perdedor, finalmente fracasa en su intento amoroso, queda ridiculizado y soy yo, queda aplastado, y soy yo, lo regresan a su casa, y soy yo. De manera que ahí no hay heroicidad alguna, es la condición para escribir esa novela para influir, fue decir voy a contar esta historia porque es interesante, pero a condición de ser muy sincero conmigo mismo y decir ‘yo fracasé en esa relación’ y es lo que voy a contar: la historia de una pasión y de un fracaso en el que el burro apaleado soy yo mismo, el narrador”.
Al final de la presentación, Carlos Fuentes fue invitado a leer las primeras líneas de Adán en Edén, para luego dirigirse al estand de su editorial y firmar libros y tomarse fotos con un séquito de lectores y admiradores, quienes lo habían esperado, ansiosos, desde muy temprano.
Fuente: El espectador.com
jueves, 4 de febrero de 2010
Carlos Ruiz Zafón solo quiere escribir

Por Belinda Goldsmith
SYDNEY (Reuters) - El escritor Carlos Ruiz Zafón cree que el éxito de su primera novela adulta "La sombra del viento" había sido demasiado y le había llevado a viajar y viajar durante varios años, sin tiempo para nada más, pero ahora está de vuelta para hacer lo que mejor se le da: escribir.
"La sombra del viento" ha vendido más de 12 millones de copias en 50 países desde 2001, convirtiendo a Zafón en uno de los escritores españoles contemporáneos de mayor éxito y a su libro, supuestamente, en el más vendido después de "El Quijote".
Pero no ha sido hasta ahora que Zafón, de 44 años, ha lanzado su segunda novela en inglés, "El juego del ángel", un prefacio de "La sombra del viento", situada en la Barcelona de los años 20 y que sigue la historia de un joven escritor al que se le acerca una misteriosa figura para escribir un libro.
Habló con Reuters de sus dos novelas escritas como adulto y las cuatro que escribió de joven cuando era guionista en Los Ángeles.
P: Hay un gran espacio de tiempo entre el primer libro y el segundo. ¿Por qué?
R: "Cuando acabo un libro suelo tomarme un año libre, he estado haciéndolo durante años. El final del año sabático tras "La sombra del viento" el libro empezó a tener éxito. En ese momento había acordado ir a algunos sitios para promocionar el libro, y mi vida de repente quedó hipotecada por dos o tres años y viajé por el libro, hablando más que escribiendo. Pero tuve que ponerle un fin, la cosa se me fue de las manos. Soy escritor, no orador", declaró Zafón en una entrevista con Reuters.
P: ¿Es duro volver a escribir tras un parón tan grande?
R: "Realmente no. Volví a trabajar después de cuatro años de no hacer lo que se supone que debo hacer. Mis libros llevan tiempo porque son complicados. Tuve dos años para escribir y otros dos para publicarlo. Creo que aprendí la lección. En su momento no preví que los viajes se solaparían unos a otro. No quiero que vuelva a pasar.
P:¿Puedes mantener un equilibrio mejor entre escribir y la promoción?
R: "Voy a ser mucho más selectivo. Soy novelista. Escribo ficción y eso es lo que hago bien. Salir y presentar mi trabajo no es lo que se me da mejor".
P: ¿Son estas novelas parte de una serie de cuatro libros?
R: "Sí. En su momento pensé que sería interesante escribir cuatro historias que estén interconectadas pero no necesariamente de manera secuencial. Mi idea es que un lector pueda leer uno o todas y que sea una especie de caja china de ficción. Al principio pensé que podría hacerlo todo en un libro pero sería un libro monstruoso y me di cuenta de que habría que hacer uno de cada vez".
P: ¿El tercer libro será su próximo proyecto?
R:"No estoy seguro todavía. Aún considero tres posibilidades. Una es un tercer libro, pero hay otras ideas que también me intrigan. Dejaré que la idea me venga en lugar de hacerlo al contrario. Siempre dejo que sea así.
P: La sobra del viento ha sido calificada del libro de mayores ventas desde el quijote. ¿Eso le supone una presión?
R: "Esta es una de esas cosas que a los editores les encanta, pero es imposible cuantificarlo. No sabemos realmente cuántas copias se han imprimido o distribuido de "El Quijote". "La sombra del viento" fue mi quinta novela y nunca había tenido tanto éxito, pero por entonces había desarrollado una perspectiva y no me cambió mucho. Pero claro que estoy contento con que se acepte mi trabajo".
Fuente: Swissinfo
SYDNEY (Reuters) - El escritor Carlos Ruiz Zafón cree que el éxito de su primera novela adulta "La sombra del viento" había sido demasiado y le había llevado a viajar y viajar durante varios años, sin tiempo para nada más, pero ahora está de vuelta para hacer lo que mejor se le da: escribir.
"La sombra del viento" ha vendido más de 12 millones de copias en 50 países desde 2001, convirtiendo a Zafón en uno de los escritores españoles contemporáneos de mayor éxito y a su libro, supuestamente, en el más vendido después de "El Quijote".
Pero no ha sido hasta ahora que Zafón, de 44 años, ha lanzado su segunda novela en inglés, "El juego del ángel", un prefacio de "La sombra del viento", situada en la Barcelona de los años 20 y que sigue la historia de un joven escritor al que se le acerca una misteriosa figura para escribir un libro.
Habló con Reuters de sus dos novelas escritas como adulto y las cuatro que escribió de joven cuando era guionista en Los Ángeles.
P: Hay un gran espacio de tiempo entre el primer libro y el segundo. ¿Por qué?
R: "Cuando acabo un libro suelo tomarme un año libre, he estado haciéndolo durante años. El final del año sabático tras "La sombra del viento" el libro empezó a tener éxito. En ese momento había acordado ir a algunos sitios para promocionar el libro, y mi vida de repente quedó hipotecada por dos o tres años y viajé por el libro, hablando más que escribiendo. Pero tuve que ponerle un fin, la cosa se me fue de las manos. Soy escritor, no orador", declaró Zafón en una entrevista con Reuters.
P: ¿Es duro volver a escribir tras un parón tan grande?
R: "Realmente no. Volví a trabajar después de cuatro años de no hacer lo que se supone que debo hacer. Mis libros llevan tiempo porque son complicados. Tuve dos años para escribir y otros dos para publicarlo. Creo que aprendí la lección. En su momento no preví que los viajes se solaparían unos a otro. No quiero que vuelva a pasar.
P:¿Puedes mantener un equilibrio mejor entre escribir y la promoción?
R: "Voy a ser mucho más selectivo. Soy novelista. Escribo ficción y eso es lo que hago bien. Salir y presentar mi trabajo no es lo que se me da mejor".
P: ¿Son estas novelas parte de una serie de cuatro libros?
R: "Sí. En su momento pensé que sería interesante escribir cuatro historias que estén interconectadas pero no necesariamente de manera secuencial. Mi idea es que un lector pueda leer uno o todas y que sea una especie de caja china de ficción. Al principio pensé que podría hacerlo todo en un libro pero sería un libro monstruoso y me di cuenta de que habría que hacer uno de cada vez".
P: ¿El tercer libro será su próximo proyecto?
R:"No estoy seguro todavía. Aún considero tres posibilidades. Una es un tercer libro, pero hay otras ideas que también me intrigan. Dejaré que la idea me venga en lugar de hacerlo al contrario. Siempre dejo que sea así.
P: La sobra del viento ha sido calificada del libro de mayores ventas desde el quijote. ¿Eso le supone una presión?
R: "Esta es una de esas cosas que a los editores les encanta, pero es imposible cuantificarlo. No sabemos realmente cuántas copias se han imprimido o distribuido de "El Quijote". "La sombra del viento" fue mi quinta novela y nunca había tenido tanto éxito, pero por entonces había desarrollado una perspectiva y no me cambió mucho. Pero claro que estoy contento con que se acepte mi trabajo".
Fuente: Swissinfo
martes, 12 de enero de 2010
Jorge Luis Borges: "Yo he leído muy pocas novelas"

Entrevista inédita
Julio 20, 2009
El autor muestra su preferencia por el cuento ante los demás géneros ·· Califica los ‘best sellers’ como un hecho momentáneo y dice que leer sólo a contemporáneos es un error ·· Dice que la literatura se enseña mal porque no se entiende como emoción ante un texto estético, como forma de felicidad”
Muchas cosas han pasado desde aquel abril de 1975, cuando un joven estudiante porteño, Daniel Rilo, se acercó con descaro al gran Jorge Luis Borges. Más de tres décadas después muchos de los conceptos expuestos por el gran maestro siguen plenamente vigentes: un hombre cercano, encaminado a las letras desde niño, expuso su amor por la enseñanza del goce literario en si mismo, su preferencia por el cuento ante la novela, el rechazo por las clasificaciones artificiosas y el encasillamiento generacional.
-Cursó su Bachillerato en Suiza ¿Cómo se enseñaba la literatura en aquel entonces?
-En Ginebra, en el college yo descubrí que si uno se especializaba en dos materias, uno podía olvidar las otras. De modo que yo por ejemplo, que nunca supe nada (porque no quise saberlo) de física, de mineralogía, de botánica, de zoología si me intereso algo, pero poco. Pero me especialicé en literatura francesa y la aprendí estudiando latín.
-Usted respiró desde niño un ambiente literario en su familia. ¿Tuvo algún maestro que le orientó en su vocación?
-Tuve a mi padre, que me incito siempre a la lectura. Me acuerdo que una de las primeras cosas que me dijo es que leyera mucho, que escribiera mucho, que rompiera mucho y que no me apresurara en publicar. Por eso yo publique mi primer libro en el año 23, cuando tenía 24 años, y ya había escrito y había roto varios libros, porque me di cuenta que eran flojos y quizás hubiera debido esperar más tiempo, en fin alguna vez había que empezar. Publiqué Fervor de Buenos Aires (1923) fueron trescientos ejemplares y no pensé en ponerlos en venta, en mandarlos a las librerías, en mandarlos a nadie: fui repartiéndolos entre los amigos.
-¿La vocación literaria es tal que el escritor se puede realizar a si mismo y dentro de la comunidad? ¿Puede dedicar toda su vida a la vocación literaria?
-Bueno, eso puede tener dos sentidos. Económicamente no puede hacerlo (...) Yo porque he sido profesor aunque he publicado muchos libros pero no como modus vivendi.
-Sobre los ‘best sellers’. ¿usted piensa que son libros que tienen una fama momentánea o quedan como verdaderos monumentos?
-No. Tienen una fama momentánea. Como dijo Schopenhauer, mi filósofo preferido junto con Hume y Berkeley. Decían que no había que leer ningún libro que no hubiera cumplido cincuenta años. Porque el decía la vida es corta y uno no puede exponerse a leer trivialidades. Si yo leo un libro que ya ha cumplido cincuenta, o mejor aun cien años, es decir si yo leo clásicos, leo libros que han pasado por esa prueba. Es decir que si Platón ha llegado a nosotros es porque llegó, indudablemente porque durante generaciones han sentido que tenía valor. En cambio, si leemos a un filósofo contemporáneo posiblemente sea simplemente un best seller, no. Y eso lo dijo
Schopenhauer, hará mas de cien años y ha sobrevivido, bueno.
-¿Es verdad que su género preferido es el cuento fantástico con un contenido metafísico?
-Si es verdad. Yo por ejemplo he leído muy pocas novelas en mi vida, es decir naturalmente he leído a Cervantes, he leído a Conrad, a Kipling, he leído algo a Dostoievsky, he leído mucho a Flaubert, pero en general me atrae mucho mas el cuento. El cuento tiene algo redondo, cabal, que no tiene la novela. Porque en la novela hay siempre ripios, el autor imagina una trama larga y luego tiene que inventar episodios para unir un capítulo con otro, no. (...)Yo creo que La Divina Comedia, es quizás una de las obras capitales de la literatura si exceptuamos los Evangelios, naturalmente, aunque no soy creyente. Yo no creo que nadie haya leído una novela de Tolstoi, de principio hasta el fin: Guerra y Paz. Por eso decía Edgar A. Poe que era muy importante, él creía que la emoción estética tenía que ser dada de una vez, sin interrupción.
-Y en cuanto a la lectura ¿Cree que hay mas tendencia acá en Argentina a leer a los clásicos?
-Actualmente se está leyendo mucho aquí. Lo malo es que se leen solo autores contemporáneos, y es gran error. La gente lee un poco los libros como si fueran diarios. Y cada año, por ejemplo, se publican cierto número de libros y se cree que es obligatorio leerlos. Al mismo tiempo esas personas que siguen con tanta asiduidad la producción contemporánea argentina ignoran la producción contemporánea desde luego y pasada mundial, y eso es un error.
-Hablemos de docencia ¿Tal y como se enseña la literatura, se hace bien o se falsean algunas partes?
-Se enseña mal, porque se enseña fijándose menos en el goce literario que en la biografía de los autores, en las fechas de nacimiento y de muerte, en las fechas de publicación de los libros, y todo eso no tiene nada que ver con la literatura. Habría que enseñar, y yo he tratado de enseñar la literatura como una forma de felicidad, es decir que una persona, sienta emoción ante un texto estético. Entiendo que ahora se tiende a enseñar la literatura en función de la historia y que aunque quizás, siempre es necesario conocer un poco la circunstancia en que se escribió algo. Pero la literatura, me parece que ante todo, tiene que ser algo que emocione.
-Usted que mensaje podría dar a los profesores de literatura.
-Que se fijen más en la literatura, y menos en la historia de la literatura, y en las biografías de los autores. Por ejemplo, yo he sido profesor en conjunto durante más de 20 años y siempre les he dicho a mis alumnos que descuiden la biografía o que la dejen para el final si les interesa un autor, que lo importante es que lean las obras. Porque yo sé que hay profesores, de cuyo nombre no quiero acordarme, que hacen que los alumnos lean mucho sobre un autor pero no llegan al autor, eso me parece absurdo.
Fuente: El Correo Gallego.com
Julio 20, 2009
El autor muestra su preferencia por el cuento ante los demás géneros ·· Califica los ‘best sellers’ como un hecho momentáneo y dice que leer sólo a contemporáneos es un error ·· Dice que la literatura se enseña mal porque no se entiende como emoción ante un texto estético, como forma de felicidad”
Muchas cosas han pasado desde aquel abril de 1975, cuando un joven estudiante porteño, Daniel Rilo, se acercó con descaro al gran Jorge Luis Borges. Más de tres décadas después muchos de los conceptos expuestos por el gran maestro siguen plenamente vigentes: un hombre cercano, encaminado a las letras desde niño, expuso su amor por la enseñanza del goce literario en si mismo, su preferencia por el cuento ante la novela, el rechazo por las clasificaciones artificiosas y el encasillamiento generacional.
-Cursó su Bachillerato en Suiza ¿Cómo se enseñaba la literatura en aquel entonces?
-En Ginebra, en el college yo descubrí que si uno se especializaba en dos materias, uno podía olvidar las otras. De modo que yo por ejemplo, que nunca supe nada (porque no quise saberlo) de física, de mineralogía, de botánica, de zoología si me intereso algo, pero poco. Pero me especialicé en literatura francesa y la aprendí estudiando latín.
-Usted respiró desde niño un ambiente literario en su familia. ¿Tuvo algún maestro que le orientó en su vocación?
-Tuve a mi padre, que me incito siempre a la lectura. Me acuerdo que una de las primeras cosas que me dijo es que leyera mucho, que escribiera mucho, que rompiera mucho y que no me apresurara en publicar. Por eso yo publique mi primer libro en el año 23, cuando tenía 24 años, y ya había escrito y había roto varios libros, porque me di cuenta que eran flojos y quizás hubiera debido esperar más tiempo, en fin alguna vez había que empezar. Publiqué Fervor de Buenos Aires (1923) fueron trescientos ejemplares y no pensé en ponerlos en venta, en mandarlos a las librerías, en mandarlos a nadie: fui repartiéndolos entre los amigos.
-¿La vocación literaria es tal que el escritor se puede realizar a si mismo y dentro de la comunidad? ¿Puede dedicar toda su vida a la vocación literaria?
-Bueno, eso puede tener dos sentidos. Económicamente no puede hacerlo (...) Yo porque he sido profesor aunque he publicado muchos libros pero no como modus vivendi.
-Sobre los ‘best sellers’. ¿usted piensa que son libros que tienen una fama momentánea o quedan como verdaderos monumentos?
-No. Tienen una fama momentánea. Como dijo Schopenhauer, mi filósofo preferido junto con Hume y Berkeley. Decían que no había que leer ningún libro que no hubiera cumplido cincuenta años. Porque el decía la vida es corta y uno no puede exponerse a leer trivialidades. Si yo leo un libro que ya ha cumplido cincuenta, o mejor aun cien años, es decir si yo leo clásicos, leo libros que han pasado por esa prueba. Es decir que si Platón ha llegado a nosotros es porque llegó, indudablemente porque durante generaciones han sentido que tenía valor. En cambio, si leemos a un filósofo contemporáneo posiblemente sea simplemente un best seller, no. Y eso lo dijo
Schopenhauer, hará mas de cien años y ha sobrevivido, bueno.
-¿Es verdad que su género preferido es el cuento fantástico con un contenido metafísico?
-Si es verdad. Yo por ejemplo he leído muy pocas novelas en mi vida, es decir naturalmente he leído a Cervantes, he leído a Conrad, a Kipling, he leído algo a Dostoievsky, he leído mucho a Flaubert, pero en general me atrae mucho mas el cuento. El cuento tiene algo redondo, cabal, que no tiene la novela. Porque en la novela hay siempre ripios, el autor imagina una trama larga y luego tiene que inventar episodios para unir un capítulo con otro, no. (...)Yo creo que La Divina Comedia, es quizás una de las obras capitales de la literatura si exceptuamos los Evangelios, naturalmente, aunque no soy creyente. Yo no creo que nadie haya leído una novela de Tolstoi, de principio hasta el fin: Guerra y Paz. Por eso decía Edgar A. Poe que era muy importante, él creía que la emoción estética tenía que ser dada de una vez, sin interrupción.
-Y en cuanto a la lectura ¿Cree que hay mas tendencia acá en Argentina a leer a los clásicos?
-Actualmente se está leyendo mucho aquí. Lo malo es que se leen solo autores contemporáneos, y es gran error. La gente lee un poco los libros como si fueran diarios. Y cada año, por ejemplo, se publican cierto número de libros y se cree que es obligatorio leerlos. Al mismo tiempo esas personas que siguen con tanta asiduidad la producción contemporánea argentina ignoran la producción contemporánea desde luego y pasada mundial, y eso es un error.
-Hablemos de docencia ¿Tal y como se enseña la literatura, se hace bien o se falsean algunas partes?
-Se enseña mal, porque se enseña fijándose menos en el goce literario que en la biografía de los autores, en las fechas de nacimiento y de muerte, en las fechas de publicación de los libros, y todo eso no tiene nada que ver con la literatura. Habría que enseñar, y yo he tratado de enseñar la literatura como una forma de felicidad, es decir que una persona, sienta emoción ante un texto estético. Entiendo que ahora se tiende a enseñar la literatura en función de la historia y que aunque quizás, siempre es necesario conocer un poco la circunstancia en que se escribió algo. Pero la literatura, me parece que ante todo, tiene que ser algo que emocione.
-Usted que mensaje podría dar a los profesores de literatura.
-Que se fijen más en la literatura, y menos en la historia de la literatura, y en las biografías de los autores. Por ejemplo, yo he sido profesor en conjunto durante más de 20 años y siempre les he dicho a mis alumnos que descuiden la biografía o que la dejen para el final si les interesa un autor, que lo importante es que lean las obras. Porque yo sé que hay profesores, de cuyo nombre no quiero acordarme, que hacen que los alumnos lean mucho sobre un autor pero no llegan al autor, eso me parece absurdo.
Fuente: El Correo Gallego.com
martes, 15 de diciembre de 2009
«Nos hemos vuelto cínicos»

José Saramago
Julio 06, 2009
«He sido yo mismo quien me he encasillado en una visión pesimista»
«Internet es un territorio sin límite, la página infinita; el libro es selectivo»
Alfonso VÁZQUEZ
Acaba de realizar la «ruta portuguesa» del viaje de «Salomón», el elefante protagonista de su última novela que en el siglo XVI se trasladó desde Lisboa a Viena. La apariencia de sobriedad que destila José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922), que lo asemeja a un caballero luso pintado por El Greco, esconde una gran humanidad y un sentido del humor certero, apreciable incluso cuando trata asuntos trascendentales.
-Camino de los 87 años, ¿le ve sentido a la vida o estamos rodeados de ruido y furia?
-En sí misma, la vida no tiene sentido, tiene contradicciones.
-¿Y si, a pesar de todo, existe Dios y hay otra vida?
-Dios no existe. ¿Otra vida? Dios no lo permita?
-«El viaje del elefante», su última novela, es una de sus obras más vitalistas y llenas de fino humor. ¿No se aparta este enfoque de quienes pretenden encasillarlo en una literatura más pesimista y sobria?
-He sido yo mismo quien me he encasillado en una visión pesimista de la realidad del mundo. «El viaje del elefante» no niega esa visión; antes bien, la confirma si se lee con atención. Que el tono de la narración sea ligero, incluso divertido, no significa que lo sea la historia que cuento. Mi nuevo libro, «El registro», que está en manos del editor, está en la línea del «Elefante».
-Llama la atención la libertad con la que despacha signos de puntuación y mayúsculas en sus novelas. ¿Por qué se decidió por este estilo?
-Busco una expresión escrita que se acerque todo lo posible a la expresión oral. Cuando hablamos, no usamos puntuación, empleamos sonidos y pausas, igual que en la música. Por lo que se refiere a las mayúsculas, se trata de una cuestión estética: son feas.
-Usted explica en el libro que ese viaje del elefante existió y el paso del animal desde Portugal hasta la corte austriaca causó sensación. ¿En el siglo XXI nos quedan acontecimientos por los que asombrarnos?
-Hemos olvidado la facultad de asombrarnos, por eso, y algunas razones más, nos hemos vuelto cínicos. En todo caso, «El viaje del elefante» ha venido a decirnos que no todo está perdido.
-Usted aboga por la unión de la península Ibérica, ¿llegará algún día?
-No será para mañana, pero estoy seguro de que ocurrirá.
-¿Qué le parece el nacionalismo como ideología?
-Una venda en los ojos, que impide una visión razonablemente completa de los hechos.
-¿Cree que algunas autonomías españolas cometen abusos con la legislación de sus lenguas autonómicas o se trata de una exageración centralista?
-Abusos, sí, los hay; discriminaciones, sí, las hay. Se llegará al ridículo de saber inglés y despreciar el idioma nacional.
-¿Qué le ha parecido la adaptación al cine que del «Ensayo sobre la ceguera» hizo Fernando Meirelles?
-Entiendo que se trata de una muy buena adaptación.
-En las adaptaciones de la literatura al cine, ¿prefiere que el director sea fiel a la obra o no le importa alguna digresión artística?
-Demasiada fidelidad y demasiada libertad son iguales en inconveniencia. El director es también un creador, y eso hay que respetarlo.
-Acaba de publicar «Los cuadernos», las reflexiones de su blog. ¿Qué le parece internet como instrumento para dar a conocer sus reflexiones?
-Internet es un territorio sin límite, la «página infinita», como recuerdo haberlo llamado. En ese sentido, permite una difusión más amplia de lo que en ella se escriba, y eso puede ser bueno o malo, según los casos. El libro es más selectivo.
-¿Tiene algún soporte para libros electrónicos?, ¿prevé bibliotecas minimalistas con unos pocos libros heredados y miles de volúmenes en uno de estos aparatos?
-Todo apunta a esa situación, pero yo espero que aún le quede una larga vida al libro y que las bibliotecas clásicas prosperen.
«El nacionalismo es una venda en los ojos que impide una visión razonablemente completa de los hechos»
Fuente: LNE.es
Julio 06, 2009
«He sido yo mismo quien me he encasillado en una visión pesimista»
«Internet es un territorio sin límite, la página infinita; el libro es selectivo»
Alfonso VÁZQUEZ
Acaba de realizar la «ruta portuguesa» del viaje de «Salomón», el elefante protagonista de su última novela que en el siglo XVI se trasladó desde Lisboa a Viena. La apariencia de sobriedad que destila José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922), que lo asemeja a un caballero luso pintado por El Greco, esconde una gran humanidad y un sentido del humor certero, apreciable incluso cuando trata asuntos trascendentales.
-Camino de los 87 años, ¿le ve sentido a la vida o estamos rodeados de ruido y furia?
-En sí misma, la vida no tiene sentido, tiene contradicciones.
-¿Y si, a pesar de todo, existe Dios y hay otra vida?
-Dios no existe. ¿Otra vida? Dios no lo permita?
-«El viaje del elefante», su última novela, es una de sus obras más vitalistas y llenas de fino humor. ¿No se aparta este enfoque de quienes pretenden encasillarlo en una literatura más pesimista y sobria?
-He sido yo mismo quien me he encasillado en una visión pesimista de la realidad del mundo. «El viaje del elefante» no niega esa visión; antes bien, la confirma si se lee con atención. Que el tono de la narración sea ligero, incluso divertido, no significa que lo sea la historia que cuento. Mi nuevo libro, «El registro», que está en manos del editor, está en la línea del «Elefante».
-Llama la atención la libertad con la que despacha signos de puntuación y mayúsculas en sus novelas. ¿Por qué se decidió por este estilo?
-Busco una expresión escrita que se acerque todo lo posible a la expresión oral. Cuando hablamos, no usamos puntuación, empleamos sonidos y pausas, igual que en la música. Por lo que se refiere a las mayúsculas, se trata de una cuestión estética: son feas.
-Usted explica en el libro que ese viaje del elefante existió y el paso del animal desde Portugal hasta la corte austriaca causó sensación. ¿En el siglo XXI nos quedan acontecimientos por los que asombrarnos?
-Hemos olvidado la facultad de asombrarnos, por eso, y algunas razones más, nos hemos vuelto cínicos. En todo caso, «El viaje del elefante» ha venido a decirnos que no todo está perdido.
-Usted aboga por la unión de la península Ibérica, ¿llegará algún día?
-No será para mañana, pero estoy seguro de que ocurrirá.
-¿Qué le parece el nacionalismo como ideología?
-Una venda en los ojos, que impide una visión razonablemente completa de los hechos.
-¿Cree que algunas autonomías españolas cometen abusos con la legislación de sus lenguas autonómicas o se trata de una exageración centralista?
-Abusos, sí, los hay; discriminaciones, sí, las hay. Se llegará al ridículo de saber inglés y despreciar el idioma nacional.
-¿Qué le ha parecido la adaptación al cine que del «Ensayo sobre la ceguera» hizo Fernando Meirelles?
-Entiendo que se trata de una muy buena adaptación.
-En las adaptaciones de la literatura al cine, ¿prefiere que el director sea fiel a la obra o no le importa alguna digresión artística?
-Demasiada fidelidad y demasiada libertad son iguales en inconveniencia. El director es también un creador, y eso hay que respetarlo.
-Acaba de publicar «Los cuadernos», las reflexiones de su blog. ¿Qué le parece internet como instrumento para dar a conocer sus reflexiones?
-Internet es un territorio sin límite, la «página infinita», como recuerdo haberlo llamado. En ese sentido, permite una difusión más amplia de lo que en ella se escriba, y eso puede ser bueno o malo, según los casos. El libro es más selectivo.
-¿Tiene algún soporte para libros electrónicos?, ¿prevé bibliotecas minimalistas con unos pocos libros heredados y miles de volúmenes en uno de estos aparatos?
-Todo apunta a esa situación, pero yo espero que aún le quede una larga vida al libro y que las bibliotecas clásicas prosperen.
«El nacionalismo es una venda en los ojos que impide una visión razonablemente completa de los hechos»
Fuente: LNE.es
jueves, 2 de julio de 2009
«La literatura me regaló mi profesión»
EN TRES MINUTOS GONZALO GINER AUTOR DEL LIBRO 'EL SANADOR DE CABALLOS'Junio 30, 2009
Acercar los libros a la calle es un acto bonito» Durante este fin de semana la cultura y las letras tienen una cita en la segunda Feria del Libro de Cuéllar. A lo largo de tres jornadas se han desarrollado numerosas actividades para acercar la literatura a pequeños y mayores. Una de las actividades ha sido la presentación del libro 'El sanador de caballos' de Gonzalo Giner, quién también firmó numerosos ejemplares de su novela.
-¿Qué supone 'El sanador de caballos' en su carrera literaria?
-Para mí ha sido un poco la respuesta de un gran sueño que tenía desde hacía muchos años, que era hablar sobre mi propia profesión (yo soy veterinario también, aparte de escribir) y contar a la gente cómo era esta profesión en una época donde tuvo una trascendencia enorme, porque estamos hablando del profesional que trataba a los caballos y éstos en la Edad Media eran arma de guerra, correo, medio de transporte e incluso distinción social para los nobles. Me apetecía mucho poder contar mi oficio y gracias a esta novela he podido hacerlo.
-¿Cómo nace su pasión por la literatura?
-En cuanto a escribir ha sido bastante reciente. Desde el año 2000, más o menos, llevo unos ocho o nueve años escribiendo, pero la literatura siempre ha estado muy cerca en mi vida, porque mis padres han leído mucho, en mi casa se ha leído mucho y de ahí me viene un poco la pasión por la letra, pero lo de escribir fue un poco posterior. Yo sigo trabajando como veterinario en el campo, pero también me ha apetecido devolver a la literatura el favor que me hizo en su momento.
-¿Cuál fue ese favor?
-Ella me regaló mi actual profesión. Yo leí unos libros, cuando tenía trece o catorce años, que hablaban de todas las anécdotas que podía tener una profesión como esta a diario. Me encantó, me gustó tanto que quise ser veterinario. Por eso de alguna manera con esta novela he querido devolver ese favor.
-¿Puede avanzar algún proyecto en el que esté trabajando en la actualidad?
-Sí, estoy ahora metido en otro proyecto que también tiene que ver algo con caballos, pero más bien con doma y Renacimiento.
-¿Qué le parece la iniciativa de la feria del libro de Cuéllar?
-Fenomenal. Cualquier feria del libro y acercar la literatura a la calle, a mí me parece que es un acto muy bonito y que merece la pena promocionarlo y mantenerlo. Yo felicito a los cuellaranos por ello.
Fuente: Muchos Libros
"Un libro debería ser un divertimento, como la tele"
El autor de La catedral del mar publica su segunda novela, La mano de Fátima?, ambientada en las Alpujarras de los moriscos.Por: Dani R. Moya.
El otro lado del teléfono contesta una secretaria. "Despacho Falcones, dígame". Ildefonso Falcones es uno de los escritores que más ejemplares de un libro ha vendido en España, más de cuatro millones de su novela ?La catedral del mar?, pero el éxito literario no le ha hecho abandonar la abogacía, que continúa ejerciendo al frente de su propio despacho en Barcelona, desde donde responde a las preguntas de este periódico sobre su libro más reciente, ?La mano de Fátima? (Grijalbo), una obra en la que narra la historia de los moriscos en las Alpujarras.
–Ha asegurado en alguna entrevista que para escribir ?La mano de Fátima? ha echado mano de unos 200 libros para documentarse...
–No he acudido a las fuentes documentales en sí, sino a libros que han tratado estos temas. He leído todo lo que se ha escrito sobre los moriscos, que tampoco es mucho en realidad.
–También habrá visitado las Alpujarras antes de escribir el libro
–En las Alpujarras he estado varias veces, es una zona maravillosa, y esos paseos me han servido para ambientar algunos pasajes de la novela. Lees las crónicas y no es lo mismo que estar allí y ver la orografía.
–¿Y cómo se le ?apareció? la historia?
–Me ocurrió como con ?La catedral del mar?. Cuando me planteé escribir ese libro busqué una época histórica que consideré atractiva para el lector y ahora he hecho igual. La época de los moriscos tiene interés y además puede tener sus paralelismos hoy día.
–¿Qué tipo de paralelismo?
–Hay un paralelismo, pero hoy en día es al revés. En el siglo XVI el fanatismo religioso corría a cargo de la cristiandad. Se siguen produciendo estas situaciones. Por ejemplo, la masificación de inmigrantes en pisos, lo que se les echa en cara, como la natalidad elevada y falta de integración... Son las mismas excusas que se utilizaban.
–Precisamente Obama hace unos días se atrevía a citar la época califal como ejemplo de tolerancia, aunque con el poco acierto de situarla paralela a la Inquisición.
–Obama no tiene por qué saber la historia de nuestro país. Está claro que hubo un asesor que metió la pata. Pero no iba tan desencaminado. Es cierto que en la época califal no se puede hablar de la Inquisición porque son diferentes siglos y diferentes regímenes, pero sí de que se dio se dio una convivencia pacífica.
–¿Qué hay de novela pura y dura y qué hay de historia en su libro?
–Todos los hechos históricos que se relatan son ciertos, todo el desarrollo de los acontecimientos históricos está fundamentado. Pero a partir de esos hechos hay una trama ficticia. El lector tiene derecho a tener la garantía de que lo que ha leído corresponde a una realidad.
–¿No se corre el riesgo de que lo histórico, la información, se cuele demasiado en la trama?
–Es un riesgo que se corre, sin duda. A mí me aparece y uno mismo tiene que autocorregirse, pero tiene que haber terceras personas que lo hagan, como, en mi caso, mi esposa, que es mi primera lectora. Es fundamental que me llamen la atención y me digan que aquí o allí se está perdiendo el hilo de la novela por el interés de narrar según qué acontecimientos históricos. Hay que intentar encontrar el punto de equilibrio entre lo que pueda interesar al lector desde un punto de vista histórico y lo que es el desarrollo de una trama.
–¿Ha sido un reto escribir otro libro después de ?La catedral del mar??
–No hay que superar nada. Lo único que hay que hacer es esforzarse lo máximo posible y ofrecer al lector algo similar, dentro del estilo que se tiene, y que satisfaga mínimamente las expectativas de aquellos lectores a los que les gustó ?La catedral del mar?.
–La mano de Fátima? tiene más de 1.000 páginas, no es un libro precisamente para llevarse a la playa...
–Eso es lo malo... A mí me salían menos páginas en el ordenador, pero después llega la editorial y empieza a poner cortes y páginas en blanco... Lo importante es que enganche al lector. Es lo de siempre: si las 1.000 páginas son buenas uno desea que tenga 500 más, pero si son malas...
–¿Cuáles son los secretos de un buen libro?
–Para que un libro entretenga tiene que ser de lectura ágil, que sucedan muchas cosas, porque el que araña media hora de su día para leer quiere que ese tiempo le satisfaga en la lectura, y que encuentre un atractivo, que no sea una obra lírica, barroca, profunda... si no simplemente un divertimento, como cuando uno pone la televisión para desconectar un rato.
–¿Hacen mejor a un libro sus ventas?
–No es que lo hagan mejor, pero es el único dato objetivo que se puede tener. Las críticas son subjetivas, son opiniones de unos señores, pero el hecho de que haya un gran número de gente que compre el libro, que lo ha leído... Si lo compra alguien es porque le han dicho que es bueno, sino no lo compraría nadie, porque ninguna campaña de márketing es capaz de lograr eso. El boca-oreja es imprescindible.
Ildefonso Falcones
Junio 23, 2009
Fuente: laopiniondemalaga.es
miércoles, 3 de junio de 2009
"Las casas de los moriscos de la época son los pisos pateras de hoy"

Ildefonso Falcones
Ildefonso Falcones presenta 'La mano de Fátima', su segunda novela tras el éxito de su debut editorial · Su intención, dice, es recuperar un pasaje desconocido de la Historia
Patricia Godino
Un bar de tapas del centro de Sevilla con un par de mesas ocupadas y dos camareros en la barra. En una, dos periodistas y un escritor; en la otra un señor con una bolsa de un gran centro comercial. Se acerca, pide disculpas y ruega un autógrafo. Acaba de comprar La mano de Fátima (Grijalbo), el segundo libro de Ildefonso Falcones (Barcelona, 1958), el autor de novela histórica más vendido en castellano con cuatro millones de ejemplares en 40 países, la mitad en España. Podría decirse que de cada cien personas que se cruza a diario por la calle casi cinco leyeron -o compraron- La catedral del mar, el debut editorial que lo ha privado del anonimato, al menos para sus fieles seguidores.
Falcones quita importancia a este encuentro, que tuvo lugar ayer durante la charla con los medios para presentar su regreso editorial, que arranca en 1568 con la guerra de las Alpujarras y el levantamiento de los morisccos. "Pura casualidad", dice. No tiene pinta de ser la impostura del autor que espera el halago. Tampoco parece que el éxito internacional haya cambiado sus hábitos. Sigue trabajando como abogado en su despacho de la Diagonal y libra una batalla perdida, junto a su mujer, para que su amplia prole de varones de 13, 11, 10 y 5 años hereden "algo" de su pasión lectora.
Para el catalán, sin embargo, perderse en los legajos de la historia le resulta uno de los grandes placeres. Casi un bálsamo. "La vida diaria nos ofrece tantas duras noticias que superan a la imaginación -reflexiona- que las épocas pasadas son un refugio de la realidad".
Su condición de superventas no camina pareja a su conocimiento del mundo editorial. Eso dice. "Mi objetivo era contar un episodio poco conocido dentro de la Historia española", un pasaje, el de la expulsión de los moriscos que, confiesa, no estudió en el colegio en el que sí le hicieron aprender, por ejemplo. la expulsión de los judíos.
Tres años de estudio con más de 200 referencias bibliográficas y una escritura apasionada, un relato de amor y aventuras y un deliberado rigor histórico han dado como resultado un prolijo volumen (960 páginas) con el que rinde su "modesto homenaje a aquellos que lucharon por transmitir una cultura". Además, Falcones aborda en La mano de Fátima otro de sus intereses: el caballo. "Soy aficionado a la hípica y me apetecía contar la creación del caballo español en Córdoba [donde está ambientada la novela], un caballo cortesano que se encargó para el lucimiento de la nobleza", explica.
La publicación del libro -el segundo más vendido después del fin de la saga de Stieg Larsson- coincide con el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos y la reapertura del debate sobre la convivencia de las Tres Culturas. Fue Obama el que señaló la coexistencia pacífica en Córdoba de los cristianos con el Islam en tiempos de la Inquisición. Perdonado el desliz histórico, el autor avisa al presidente estadounidense: "En este libro encontrará la época mala de la convivencia, la época del fanatismo cristiano" que está "superado". Sin embargo, en la España del siglo XXI que "admite la multiculturalidad" hay retazos del pasado. "Los pisos pateras de hoy son las casas de los moriscos deportados de Granada a Córdoba. Entonces, vivían 14 ó 16 familias hacinadas en las casas de los nobles; se les explotaba en el trabajo y se les pagaba menos que a los cristianos". Pero no debemos confundir, advierte: "Hoy cuando hablamos de musulmanes los relacionamos con la inmigración; los moriscos eran españoles, amaban la tierra en la que vivían y sus familias eran de aquí".
Fuente: Diariodesevilla.es
Ildefonso Falcones presenta 'La mano de Fátima', su segunda novela tras el éxito de su debut editorial · Su intención, dice, es recuperar un pasaje desconocido de la Historia
Patricia Godino
Un bar de tapas del centro de Sevilla con un par de mesas ocupadas y dos camareros en la barra. En una, dos periodistas y un escritor; en la otra un señor con una bolsa de un gran centro comercial. Se acerca, pide disculpas y ruega un autógrafo. Acaba de comprar La mano de Fátima (Grijalbo), el segundo libro de Ildefonso Falcones (Barcelona, 1958), el autor de novela histórica más vendido en castellano con cuatro millones de ejemplares en 40 países, la mitad en España. Podría decirse que de cada cien personas que se cruza a diario por la calle casi cinco leyeron -o compraron- La catedral del mar, el debut editorial que lo ha privado del anonimato, al menos para sus fieles seguidores.
Falcones quita importancia a este encuentro, que tuvo lugar ayer durante la charla con los medios para presentar su regreso editorial, que arranca en 1568 con la guerra de las Alpujarras y el levantamiento de los morisccos. "Pura casualidad", dice. No tiene pinta de ser la impostura del autor que espera el halago. Tampoco parece que el éxito internacional haya cambiado sus hábitos. Sigue trabajando como abogado en su despacho de la Diagonal y libra una batalla perdida, junto a su mujer, para que su amplia prole de varones de 13, 11, 10 y 5 años hereden "algo" de su pasión lectora.
Para el catalán, sin embargo, perderse en los legajos de la historia le resulta uno de los grandes placeres. Casi un bálsamo. "La vida diaria nos ofrece tantas duras noticias que superan a la imaginación -reflexiona- que las épocas pasadas son un refugio de la realidad".
Su condición de superventas no camina pareja a su conocimiento del mundo editorial. Eso dice. "Mi objetivo era contar un episodio poco conocido dentro de la Historia española", un pasaje, el de la expulsión de los moriscos que, confiesa, no estudió en el colegio en el que sí le hicieron aprender, por ejemplo. la expulsión de los judíos.
Tres años de estudio con más de 200 referencias bibliográficas y una escritura apasionada, un relato de amor y aventuras y un deliberado rigor histórico han dado como resultado un prolijo volumen (960 páginas) con el que rinde su "modesto homenaje a aquellos que lucharon por transmitir una cultura". Además, Falcones aborda en La mano de Fátima otro de sus intereses: el caballo. "Soy aficionado a la hípica y me apetecía contar la creación del caballo español en Córdoba [donde está ambientada la novela], un caballo cortesano que se encargó para el lucimiento de la nobleza", explica.
La publicación del libro -el segundo más vendido después del fin de la saga de Stieg Larsson- coincide con el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos y la reapertura del debate sobre la convivencia de las Tres Culturas. Fue Obama el que señaló la coexistencia pacífica en Córdoba de los cristianos con el Islam en tiempos de la Inquisición. Perdonado el desliz histórico, el autor avisa al presidente estadounidense: "En este libro encontrará la época mala de la convivencia, la época del fanatismo cristiano" que está "superado". Sin embargo, en la España del siglo XXI que "admite la multiculturalidad" hay retazos del pasado. "Los pisos pateras de hoy son las casas de los moriscos deportados de Granada a Córdoba. Entonces, vivían 14 ó 16 familias hacinadas en las casas de los nobles; se les explotaba en el trabajo y se les pagaba menos que a los cristianos". Pero no debemos confundir, advierte: "Hoy cuando hablamos de musulmanes los relacionamos con la inmigración; los moriscos eran españoles, amaban la tierra en la que vivían y sus familias eran de aquí".
Fuente: Diariodesevilla.es
miércoles, 27 de mayo de 2009
El decimotercer daimon: Judas y Sophia en el Evangelio de Judas
Escrito por: Marvin Meyer
Marzo 2008
Al igual que mi colega y amiga, la profesora April DeConick, autora de The ThirteenthApostle: What the Gospel of Judas Really Says [El decimotercer apóstol: Lo que el Evangelio de Judas realmente dice], yo también leí recientemente un texto que me interesó de gran manera, pero que me hizo pensar que algo terrible se interpuso.* El texto que DeConick leyó fue una traducción del Evangelio de Judas preparado por el equipo de traductores de National Geographic, que incluía a Rodolphe Kasser, Gregor Wurst, François Gaudard y a mí mismo. El texto que yo leí fue el propio libro de DeConick, el cual plantea una interpretación revisionista del Evangelio de Judas.
En su libro, la profesora DeConick trata de corregir lo que para ella son nuestros descuidos para revelar el verdadero significado del Evangelio de Judas. Ella está convencida de que lo que ella produce apunta a un evangelio completamente diferente a cualquier cosa que pudiéramos haber imaginado –un evangelio trágico que es más dysangelium que evangelium. Yo personalmente creo que la tesis del libro de la profesora DeConick –que el Evangelio de Judas es un evangelio paródico– es tanto interesante como provocativa, y en principio me mantengo abierto a un documento, antiguo o moderno, que funciona como texto trágico o hasta nihilístico. En su libro hay una serie de puntos sobre la interpretación del Evangelio de Judas, entre ellos, sus comentarios en cuanto a la crítica de sucesión apostólica en el texto, que amerita una seria consideración. Pero lo que desde un principio me molestó –y continúa molestándome– del libro de DeConick es que todo lo que sabemos acerca de los antiguos evangelios revolotea alrededor de su tesis básica. En género, el Evangelio de Judas se parece mucho a otros evangelios llamados gnósticos, y todos ellos proclaman la buena noticia de la salvación a través de la gnosis. No conozco nada que se parezca a un evangelio paródico en toda la literatura de la antigüedad y la antigüedad tardía. Antes bien, esta idea acerca de un evangelio paródico parece imponer categorías modernas y kafkianas de género a un texto antiguo –y a uno que es perfectamente comprensible bajo la luz de antiguas convenciones genéricas.
En su libro, la profesora DeConick trata de corregir lo que para ella son nuestros descuidos para revelar el verdadero significado del Evangelio de Judas. Ella está convencida de que lo que ella produce apunta a un evangelio completamente diferente a cualquier cosa que pudiéramos haber imaginado –un evangelio trágico que es más dysangelium que evangelium. Yo personalmente creo que la tesis del libro de la profesora DeConick –que el Evangelio de Judas es un evangelio paródico– es tanto interesante como provocativa, y en principio me mantengo abierto a un documento, antiguo o moderno, que funciona como texto trágico o hasta nihilístico. En su libro hay una serie de puntos sobre la interpretación del Evangelio de Judas, entre ellos, sus comentarios en cuanto a la crítica de sucesión apostólica en el texto, que amerita una seria consideración. Pero lo que desde un principio me molestó –y continúa molestándome– del libro de DeConick es que todo lo que sabemos acerca de los antiguos evangelios revolotea alrededor de su tesis básica. En género, el Evangelio de Judas se parece mucho a otros evangelios llamados gnósticos, y todos ellos proclaman la buena noticia de la salvación a través de la gnosis. No conozco nada que se parezca a un evangelio paródico en toda la literatura de la antigüedad y la antigüedad tardía. Antes bien, esta idea acerca de un evangelio paródico parece imponer categorías modernas y kafkianas de género a un texto antiguo –y a uno que es perfectamente comprensible bajo la luz de antiguas convenciones genéricas.
De acuerdo con la profesora DeConick, todas las características aparentemente positivas del Evangelio de Judas deberían de ser tratadas con guiños de ojos y golpecitos de codo en las costillas. ¿No es el título “las buenas noticias” de Judas? Claro, dice DeConick, aunque en realidad son muy malas noticias para Judas. ¿Qué sobre la confesión setiana acerca de la identidad de Jesús pronunciada por Judas y solamente por Judas? Para DeConick, esto simplemente provee una divertidísima yuxtaposición entre el inteligente “malo de los malos” y los otros doce mentecatos. Y ¿cómo explicar el inicio del texto, o íncipit, que promete reveladoras conversaciones entre Jesús y Judas Iscariote? ¿Y las revelaciones privadas de Jesús a Judas, entre ellas, la revelación cosmogónica que domina la porción central del texto? ¿Y las repetidas declaraciones de Jesús acerca de que le ha revelado el misterio del reino de Dios a Judas y le ha dicho todo? En verdad, alega DeConick, todo forma parte de la maliciosa táctica de Jesús para hacerle saber a Judas qué tan malo en realidad es. Todo esto es una broma cruel, pese a que otros evangelios gnósticos presenten estos mismos elementos como la proclamación de buenas noticias gnósticas. Sí, Jesús se ríe bastante en el Evangelio de Judas, como se ríe en otros textos gnósticos, pero repite más de una vez en el evangelio que no se está riendo de Judas ni de ningún otro discípulo.
Es por eso por lo que estaba molesto y lo sigo estando. También estoy decepcionado por las acusaciones, algunas publicadas en el artículo de opinión de la profesora DeConick en diciembre de 2007 en el New York Times, que tienen que ver con el trabajo del equipo de traducción que produjo la trascripción inicial y traducción del Evangelio de Judas y otros textos del Códice Tchacos. DeConick hace referencia a nuestras “traducciones erróneas” y ofrece sus propias versiones “corregidas”, cuando de hecho ambas alternativas casi siempre se proveen en el popular libro de Judas (Evangelio de Judas) y la edición crítica del Códice Tchacos. Como DeConick debe de saber, estas no son “traducciones erróneas”, sino que representan formas alternativas de entender un texto complejo. Por ejemplo, la palabra daimon, término de derivación griega, se usa en el Evangelio de Judas dentro de una declaración en la cual Jesús llama a Judas el “decimotercer daimon”, y el término pude traducirse como “demonio”, entendido en sentido negativo, como sugiere DeConick. Pero con todas las referencias a los daimones en textos platónicos, platónicos medios, neoplatónicos, herméticos y mágicos, donde el término a menudo es imbuido con connotaciones neutrales o hasta positivas, puede fácilmente traducirse como “espíritu”, como nosotros lo tradujimos, o aún como “dios”, como las profesoras Karen King y Elaine Pagels lo tradujeron en Reading Judas: The Gospel of Judas and the Shaping of Christianity [Leyendo Judas: El Evangelio de Judas y la formación del cristianismo]. Comúnmente, se piensa que los daimones son seres intermediarios que encuentran su lugar entre los reinos divinos y humanos.
Es por eso por lo que estaba molesto y lo sigo estando. También estoy decepcionado por las acusaciones, algunas publicadas en el artículo de opinión de la profesora DeConick en diciembre de 2007 en el New York Times, que tienen que ver con el trabajo del equipo de traducción que produjo la trascripción inicial y traducción del Evangelio de Judas y otros textos del Códice Tchacos. DeConick hace referencia a nuestras “traducciones erróneas” y ofrece sus propias versiones “corregidas”, cuando de hecho ambas alternativas casi siempre se proveen en el popular libro de Judas (Evangelio de Judas) y la edición crítica del Códice Tchacos. Como DeConick debe de saber, estas no son “traducciones erróneas”, sino que representan formas alternativas de entender un texto complejo. Por ejemplo, la palabra daimon, término de derivación griega, se usa en el Evangelio de Judas dentro de una declaración en la cual Jesús llama a Judas el “decimotercer daimon”, y el término pude traducirse como “demonio”, entendido en sentido negativo, como sugiere DeConick. Pero con todas las referencias a los daimones en textos platónicos, platónicos medios, neoplatónicos, herméticos y mágicos, donde el término a menudo es imbuido con connotaciones neutrales o hasta positivas, puede fácilmente traducirse como “espíritu”, como nosotros lo tradujimos, o aún como “dios”, como las profesoras Karen King y Elaine Pagels lo tradujeron en Reading Judas: The Gospel of Judas and the Shaping of Christianity [Leyendo Judas: El Evangelio de Judas y la formación del cristianismo]. Comúnmente, se piensa que los daimones son seres intermediarios que encuentran su lugar entre los reinos divinos y humanos.
Asimismo, en la forma verbal cóptica porj= e- (46,17) se puede traducir como “separado/diferenciado para” o bien “separado/diferenciado de” en el Evangelio de Judas, a pesar de las sugerencias de la profesora DeConick. De acuerdo con el evangelio, Judas le pregunta a Jesús, “¿Cuál es la ventaja que yo he recibido? Pues me has diferenciado para –o de– esa estirpe”. El Coptic Dictionary [Diccionario cóptico] (271b-272a) de Walter E. Crum ofrece tanto “estar divido de” y “estar dividido en” (reflexionando acerca de la forma griega aphorizein [etc.] eis) como posibles significados de porj e-. Por lo que inicialmente tradujimos la frase en 46,17, la cual difiere de la habitual construcción en el texto y códice (porj ebol e-/n- = “separado/diferenciado de”), con “diferenciado para”, aunque una nota al pie en la edición crítica ofrece la traducción alterna de “diferenciado de”, y la traducción francesa de Rodolphe Kasser dice, “tu m’aies séparé de cette (présente) génération-là”. Mientras que he indicado en otro lugar que yo también me inclino cada vez más a traducir esta complicada frase cóptica como “diferenciado de”, el hecho es que ambas traducciones son posibles. Elaine Pagels y Karen King concuerdan en este punto. Una vez más, la lectura y reconstrucción del texto cóptico al final de la página 46 del Evangelio de Judas han demostrado ser algo parecido a una pesadilla, como bien lo sabe la profesora DeConick.
Desde el principio luchamos con los fragmentarios rastros de tinta en el papiro. En la primavera de 2006, hicimos nuestra traducción cóptica provisional y traducción al inglés disponible, y seguimos trabajando, en colaboración con otros profesionales, para encontrar el sentido del texto. En París, en una conferencia en La Sorbonne, a la cual asistió la profesora DeConick, y en Washington D. C., en otra conferencia a la cual también asistió, ambas a finales de otoño de 2006, distribuimos transcripciones actualizadas a todos los que deseaban ver el texto. Y en 2007 la edición crítica del Códice Tchacos apareció, con la siguiente traducción: “En los últimos días ellos a ti, y (¿que?) no ascenderás a las alturas hacia la [estirpe] sagrada”. La lectura a final de la página 46 cambió, como se podía anticipar, parcialmente fundamentada en la aportación adicional de los profesores Wolf-Peter Funk y Peter Nagel, como la pertinente nota al pie en la edición crítica lo indica. Pero seguimos con una solución de desesperación: la afirmación de que la única manera en que podemos encontrar el sentido del texto es suponer un error del escriba que tiene que ver con la omisión de algunas palabras en el texto cóptico (señaladas por los paréntesis angulares).
¿Qué es lo que DeConick considera que debemos hacer en esta ardua tarea de leer un texto cóptico terriblemente difícil? En su artículo de opinión, escribe, “Probablemente el error más egregio que encontré fue una alteración en el original cóptico. De acuerdo con la traducción de National Geographic, el ascenso de Judas a la estirpe sagrada estaría maldito. Pero queda claro que la transcripción de los eruditos alteró el original cóptico, el cual eliminó una negativa de la oración original”. Pocas veces existe una acusación tan mordaz que uno puede hacer en contra de sus colegas: que de forma deliberada alteramos el texto cóptico para satisfacer nuestros propios propósitos, y dificultar la búsqueda erudita de comprensión. Nada podría estar más alejado de la verdad, y cualquier persona que nos ha observado a nosotros y a nuestro trabajo, incluso la profesora DeConick, lo sabe. Sólo puedo esperar que, dada la oportunidad, la profesora DeConick estuviera dispuesta a retirar la acusación difamatoria que por alguna razón salió mal. Ahora la misma acusación ha sido recogida por The National Review, que repite la crítica de la profesora DeConick. Es así como, desgraciadamente, los comentarios calumniosos se van esparciendo. En The Thirteenth Apostle, DeConick ofrece una conjetura sobre cómo llegamos a esa primera lectura, adivinando que adoptamos una abreviatura no avalada de un verbo griego. No recuerdo nada que se le parezca. Por tanto, llamé a Gregor Wurst en Augsburg, y me aseguró que acababa de contactar a DeConick para decirle que había malentendido nuestra decisión de traducción, la cual estaba basada en un idioma cóptico normal encontrado en el diccionario de Crum. Pero ahora eso también ya fue publicado.
Desde el principio luchamos con los fragmentarios rastros de tinta en el papiro. En la primavera de 2006, hicimos nuestra traducción cóptica provisional y traducción al inglés disponible, y seguimos trabajando, en colaboración con otros profesionales, para encontrar el sentido del texto. En París, en una conferencia en La Sorbonne, a la cual asistió la profesora DeConick, y en Washington D. C., en otra conferencia a la cual también asistió, ambas a finales de otoño de 2006, distribuimos transcripciones actualizadas a todos los que deseaban ver el texto. Y en 2007 la edición crítica del Códice Tchacos apareció, con la siguiente traducción: “En los últimos días ellos a ti, y (¿que?) no ascenderás a las alturas hacia la [estirpe] sagrada”. La lectura a final de la página 46 cambió, como se podía anticipar, parcialmente fundamentada en la aportación adicional de los profesores Wolf-Peter Funk y Peter Nagel, como la pertinente nota al pie en la edición crítica lo indica. Pero seguimos con una solución de desesperación: la afirmación de que la única manera en que podemos encontrar el sentido del texto es suponer un error del escriba que tiene que ver con la omisión de algunas palabras en el texto cóptico (señaladas por los paréntesis angulares).
¿Qué es lo que DeConick considera que debemos hacer en esta ardua tarea de leer un texto cóptico terriblemente difícil? En su artículo de opinión, escribe, “Probablemente el error más egregio que encontré fue una alteración en el original cóptico. De acuerdo con la traducción de National Geographic, el ascenso de Judas a la estirpe sagrada estaría maldito. Pero queda claro que la transcripción de los eruditos alteró el original cóptico, el cual eliminó una negativa de la oración original”. Pocas veces existe una acusación tan mordaz que uno puede hacer en contra de sus colegas: que de forma deliberada alteramos el texto cóptico para satisfacer nuestros propios propósitos, y dificultar la búsqueda erudita de comprensión. Nada podría estar más alejado de la verdad, y cualquier persona que nos ha observado a nosotros y a nuestro trabajo, incluso la profesora DeConick, lo sabe. Sólo puedo esperar que, dada la oportunidad, la profesora DeConick estuviera dispuesta a retirar la acusación difamatoria que por alguna razón salió mal. Ahora la misma acusación ha sido recogida por The National Review, que repite la crítica de la profesora DeConick. Es así como, desgraciadamente, los comentarios calumniosos se van esparciendo. En The Thirteenth Apostle, DeConick ofrece una conjetura sobre cómo llegamos a esa primera lectura, adivinando que adoptamos una abreviatura no avalada de un verbo griego. No recuerdo nada que se le parezca. Por tanto, llamé a Gregor Wurst en Augsburg, y me aseguró que acababa de contactar a DeConick para decirle que había malentendido nuestra decisión de traducción, la cual estaba basada en un idioma cóptico normal encontrado en el diccionario de Crum. Pero ahora eso también ya fue publicado.
La profesora DeConick admite que su tesis sobre Judas Iscariote en el Evangelio de Judas depende en gran medida de la declaración de Jesús que dice que Judas es el “decimotercer daimon”, destinado a gobernar sobre el decimotercer aeon o reino. La palabra daimon aparece sólo una vez en las páginas existentes del Evangelio de Judas y el Códice Tchacos. El profesor Antti Marjanen apunta que, “Dado a que la palabra daimon sólo aparece una sola vez en todo el texto, la interpretación debe llevarse a cabo con cautela. Aun si se toma como referencia negativa, no significa necesariamente que es la última caracterización de Judas en el texto”. Obviamente no hay ninguna demonología desarrollada en el Evangelio de Judas; de hecho, aun los gobernadores malévolos, Nebro y Saklas, no son llamados demonios en el Evangelio de Judas sino ángeles (angeloi). DeConick explica las referencias del decimotercero, el decimotercer daimon, y el decimotercer aeon, al apuntar las referencias sobre los trece aeons y el dios de los trece aeons –el demiurgo, el creador del mundo mortal debajo– en el Holy Book of the Great Invisible Spirit and Zostrianos [Libro sagrado del gran espíritu invisible y Zostrianos] de la biblioteca Nag Hammadi. También menciona los trece reinos de Revelation of Adam [La revelación de Adán], otro texto de Nag Hammadi, a pesar de que en este texto la naturaleza del decimotercer reino es oscura. Basándose en esta evidencia limitada, DeConick llega a conclusiones exageradas: que en el Evangelio de Judas, Judas Iscariote es un demonio maligno, un lacayo del demiurgo Yaldabaoth, quien se encuentra en la cama con Yaldabaoth y está destinado a permanecer en el decemotercer aeon con Yaldabaoth el megalómano de ahí en adelante. ¡Pobre Judas! Recibe toda la información en el Evangelio de Judas, pero al final permanece un pobre diablo.
La profesora DeConick no menciona en su libro ninguna referencia adicional citada por la profesora Pagels en una junta de la Society of Biblical Literature, efectuada en San Diego, en noviembre de 2007. En otro texto de Nag Hammadi, titulado Marsanes, un escenario celestial denominado “el decimotercer sello” es la morada del “silencioso desconocido”, es decir, el Dios más alto. Este “decimotercer” reino es muy distinto del lugar imaginado por DeConick, un espantoso ámbito compartido por el demiurgo y su contraparte demoníaca. Por desgracia, Marsanes no tuvo lugar en el libro de DeConick –por lo que tampoco su “decimotercer apóstol” pudo llegar al cielo de Marsanes.
La profesora DeConick no menciona en su libro ninguna referencia adicional citada por la profesora Pagels en una junta de la Society of Biblical Literature, efectuada en San Diego, en noviembre de 2007. En otro texto de Nag Hammadi, titulado Marsanes, un escenario celestial denominado “el decimotercer sello” es la morada del “silencioso desconocido”, es decir, el Dios más alto. Este “decimotercer” reino es muy distinto del lugar imaginado por DeConick, un espantoso ámbito compartido por el demiurgo y su contraparte demoníaca. Por desgracia, Marsanes no tuvo lugar en el libro de DeConick –por lo que tampoco su “decimotercer apóstol” pudo llegar al cielo de Marsanes.
DeConick tampoco incluye en The Thirteenth Apostle ningún paralelismo específico a la frase “decimotercer aeon, uno de los términos claves en el Evangelio de Judas –y un término que aparece de manera prominente en otro texto gnóstico que se ha conocido desde hace mucho tiempo. De hecho, el “decimotercer aeon” aparece más de cuarenta veces en Pistis Sophia (y también se encuentra en el Libros de Jeu), donde se construye como un “lugar de rectitud” localizado encima de los doce aeons y hogar celestial de veinticuatro lumbreras –incluyendo a Sophia, quien llama al decimotercer aeon “mi morada”. En la literatura de la antigüedad y de la antigüedad tardía, el decimotercer reino puede ocupar un lugar justo arriba de los doce (los cuales a menudo son considerados los signos del zodiaco), en la frontera del infinito –un lugar, puede ser, entre el mundo de la mortalidad en la tierra y el mundo divino en las alturas. Algunas veces, como en Marsanes, el decimotercer reino puede ser tomado con un escenario donde las deidades trascendentes habitan. De acuerdo aon la versión del mito de Pistis Sophia, Sophia, esforzándose por ascender a la luz de las alturas, es engañada y baja del decimotercer aeon descendiendo a través de los doce aeons hacia el “caos” inferior. En ese mundo es oprimida, y los que mandaban el mundo, entre ellos Yaldabaoth, con cara de león, buscan robarle su luz interior. Por un tiempo, no la dejan abandonar el lugar de su opresión. En palabras de Pistis Sophia, las cohortes de Authades, el arrogante, “me han rodeado, y se han regocijada sobre mí, y me han oprimido mucho, sin mi consentimiento; y han huido, y me han dejado y no han sido misericordiosos conmigo. Volvieron y me tentaron, y me oprimieron con gran tiranía; rechinaron sus dientes y querían despojarme de mi luz interior por completo”. En medio de sus sufrimientos, Pistis Sophia –la sabiduría de Dios debilitada y lánguida en este mundo, reflejo del alma de los gnósticos atrapados ahí abajo– clama por su salvación, y finalmente su grito es escuchado: “Ahora en este tiempo, sálvame, para que pueda regocijarme, porque quiero (o, amo) el decimotercer aeon, el lugar de rectitud. Y diré todo el tiempo, Que la luz de Jeu, tu ángel, dé más luz. Y mi lengua cantará alabanzas para ti en tu conocimiento, todo el tiempo que esté en el decimoterceer aeon” (1.50, Schmidt-MacDermot).
En otras palabras, Sophia viene del decimotercer reino en las alturas; es separada de ese reino y por él para usar el lenguaje del Evangelio de Judas; y está destinada a regresar a ese lugar otra vez. Mientras que aquí abajo, además, se refiere a sí misma con otro término que resuena con la representación de Judas en el Evangelio de Judas: se refiere a sí misma como daimon. En su cuarto arrepentimiento, Sophia lamenta su destino al decir, “Me he convertido en un demonio (daimon) peculiar, que habita en materia y que carece de luz. Y me he convertido en algo parecido a una contraparte espiritual (antimimon ’empn(eum)a) la cual se encuentra dentro de un cuerpo material, en el cual no hay poder de luz” (1.39, Schmidt-MacDermot). De nuevo, en su duodécimo arrepentimiento, Sophia lamenta: “Se han llevado mi luz y mi poder, y mi poder se desmorona dentro de mí, y no he podido pararme derecha en medio de ellos; me he convertido en algo semejante a materia que ha caído; he sido arrojada a este lado y el otro, como un demonio que se encuentra en el aire” (1.55, Schmidt-MacDermot). La palabra usada para “demonio” aquí es refsoor, el equivalente cóptico de la palabra griega daimonion.
Por lo tanto, de una forma que establece un paralelo cercano con la representación de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas, Sophia, en Pistis Sophia es comparada con un daimon, tal vez como un ser intermediario; es perseguida por los gobernantes de los doce aeons; y aunque esté separada por mucho tiempo de él, regresará a su lugar en “el decimotercer aeon, el lugar de la rectitud”. Esas son las buenas noticias de Sophia en Pistis Sophia.
Pistis Sophia, entonces, plantea cuestiones fundamentales acerca del entendimiento de DeConick sobre Judas –y de cualquier entendimiento negativo de Judas– en el Evangelio de Judas. Más que funcionar como un buen amigo de Yaldabaoth, como propone DeConick, Judas puede considerarse, bajo la luz de Pistis Sophia, como la viva imagen de Sophia. (Sophia, o sabiduría, es referida una vez en las páginas existentes del Evangelio de Judas, en 44,4 en una sección fragmentaria, como “sabiduría corruptible” o “Sophia corruptible”). Resulta que justo este tipo de vínculo entre Judas y Sophia ya había sido establecido por los gnósticos en el siglo II, como nos informa Ireneo de Lyon –en un pasaje que DeConick menciona en su libro (pero sin hacer referencia a Pistis Sophia y sin advertir las implicaciones para el Evangelio de Judas; yo hice lo mismo en mi propio libro Judas). De acuerdo con Ireneo en su Adeversus haereses [Contra las herejías], ciertos gnósticos valentinianos, quienes debieron haber enunciado sus creencias alrededor del mismo tiempo en el siglo II, cuando el Evangelio de Judas se componía y leía, estableció una conexión cercana con el sufrimiento de Sophia y la pasión de Judas –ambos conectados, dice Ireneo, con el número doce, con Judas numerado como el duodécimo y último discípulo en el círculo de doce y Sophia numerada como el duodécimo aeon.
Ireneo argumenta en contra de los gnósticos valentinianos de esta forma, desde su perspectiva protoortodoxa: “Otra vez, en cuanto a su afirmación de que la pasión del duodécimo aeon fue probada a través de la conducta de Judas, ¿cómo es posible que Judas sea comparado con este aeon como emblema de él –él, quien fue expulsado del número del doce, y nunca más fue restaurado? A ese aeon, cuyo tipo se asemeja a Judas, después de separarse de su Enthymesis (pensamiento, reflexión), le restituyeron su antigua posición; pero Judas fue despojado de su cargo y expulsado mientras que Matías fue ordenado en su lugar. Deberían, entonces, mantener que el duodécimo aeon fue expulsado del Pléroma (la plenitud celestial de lo divino), y que otro se produjo o fue enviado para tomar su lugar; si es que es señalado en Judas. Además nos dicen que fue el aeon mismo quien sufrió, pero Judas fue el traidor, no el sufridor. Aún ellos mismos reconocen que fue el Cristo sufridor, y no Judas, quien soportó la pasión. ¿Cómo, entonces, pudo Judas, el traidor de quien tuvo que sufrir para nuestra salvación, ser el tipo e imagen del aeon que sufrió?” (2.20, ANF).
Ireneo –quien sabía de la existencia de un texto llamado Evangelio de Judas– admite que en el siglo II habían unos gnósticos que comparaban a Judas con Sophia y estaban convencidos de que Judas era “el tipo e imagen del aeon que sufrió”. (A propósito, también declara, un poco antes de su referencia al Evangelio de Judas, que unos gnósticos declararon que después de la resurrección, Cristo, quien estaba ligado a Sophia, ascendió a la mano derecha de Yaldabaoth para un propósito completamente positivo: ayudar en la salvación de las almas). Este reconocimiento de Ireneo, combinado con las similitudes cercanas en tema y terminología en las presentaciones de Judas y Sophia en el Evangelio de Judas y Pistis Sophia (y los Libros de Jeu), permite formular una poderosa conclusión en cuanto al papel de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas. Yo propongo que entre ciertos gnósticos del siglo II, entre ellos algunos valentinianos y aquellos que escribieron y usaron el Evangelio de Judas, la figura de Judas podía haberse presentado en términos que guardan semejanza con la figura de Sophia, y el relato de Judas en el Evangelio de Judas debe de ser leído prestando atención a los elementos de la caída, pasión, dolor y redención de la sabiduría de Dios.
Como Sophia en otros textos y tradiciones, Judas en el Evangelio de Judas es “separado de” los reinos divinos en las alturas, a pesar de que sabe y profesa los misterios de lo divino y el origen del salvador; atraviesa el dolor y la persecución como un daimon confinado a este mundo terrenal; es iluminado con revelaciones “que ningún humano verá jamás”; y finalmente se dice que está en camino, como Sophia, al decimotercer aeon de tradición gnóstica.
La historia de Judas, como la historia de Sophia, hace recordar la historia del alma de cualquier gnóstico que habita este mundo y añora la trascendencia. El Evangelio de Judas puede ser entendido para representar a Judas como el tipo e imagen de Sophia y de los gnósticos, y el texto revela cómo puede ser alcanzada la salvación –no, se enfatiza, a través de la teología de la cruz y de la experiencia del sacrificio (como Karen King y Elaine Pagels demuestran con tanta claridad), sino, al contrario, a través de la gnosis y el entendimiento de la naturaleza de lo divino y la presencia de lo divino en las vidas internas de la gente de conocimiento.
Sin duda, esta interpretación del Evangelio de Judas cuestiona muchos de los principios centrales de un argumento que sostiene que el texto debe de ser visto como un evangelio paródico o un evangelio trágico. De todas formas, un número de incertidumbres permanecerán mientras que las lagunas de la porción superior de las páginas 55-58 del Evangelio de Judas, con el relato de la conclusión de la historia de Jesús y Judas, permanezcan sin resolver. Además, indiscutiblemente, hay espacio para una aproximación del texto más matizada, una que tome en serio las diversas características de este complejo documento. Sospecho que, en el futuro, la figura de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas será interpretada al buen estilo hegeliano –y bajo la luz de tales textos paralelos citados aquí– como un personaje ni completamente positivo ni completamente demoníaco, sino más bien como una figura, como Sophia y cualquier gnóstico, que se encuentra enredada en este mundo de mortalidad pero aun así se esfuerza por obtener gnosis e iluminación. Hasta tal punto hay espacio para que los aspectos de una interpretación revisionista, como la de DeConick y otros, se unan con las características positivas del Evangelio de Judas, para así dar una aproximación equilibrada del texto. Después de todo, Judas, como Sophia, se encuentra atrapado entre los mundos de mortalidad e inmortalidad mientras busca la liberación, y el Evangelio de Judas muestra cómo la liberación puede ser alcanzada. De este modo, la evidencia del Evangelio de Judas junto con el entendimiento obtenido de Marsanes, Pistis Sophia, y los Libros de Jeu y de Ireneo de Lyon, pueden proveer una nueva serie de perspectivas sobre Judas y Sophia en la literatura gnóstica del siglo II. Sin embargo, lo que queda claro es que el mensaje místico del Evangelio de Judas, tan matizado como esté, continúa siendo una noticia sumamente buena, desde un punto de vista gnóstico, la mejor noticia del mundo. Al final, la gnosis –y la sabiduría– triunfan.
*Deseo reconocer la significativa contribución de Jonathan Meyer a la formulación final del argumento presentado en este artículo.
En otras palabras, Sophia viene del decimotercer reino en las alturas; es separada de ese reino y por él para usar el lenguaje del Evangelio de Judas; y está destinada a regresar a ese lugar otra vez. Mientras que aquí abajo, además, se refiere a sí misma con otro término que resuena con la representación de Judas en el Evangelio de Judas: se refiere a sí misma como daimon. En su cuarto arrepentimiento, Sophia lamenta su destino al decir, “Me he convertido en un demonio (daimon) peculiar, que habita en materia y que carece de luz. Y me he convertido en algo parecido a una contraparte espiritual (antimimon ’empn(eum)a) la cual se encuentra dentro de un cuerpo material, en el cual no hay poder de luz” (1.39, Schmidt-MacDermot). De nuevo, en su duodécimo arrepentimiento, Sophia lamenta: “Se han llevado mi luz y mi poder, y mi poder se desmorona dentro de mí, y no he podido pararme derecha en medio de ellos; me he convertido en algo semejante a materia que ha caído; he sido arrojada a este lado y el otro, como un demonio que se encuentra en el aire” (1.55, Schmidt-MacDermot). La palabra usada para “demonio” aquí es refsoor, el equivalente cóptico de la palabra griega daimonion.
Por lo tanto, de una forma que establece un paralelo cercano con la representación de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas, Sophia, en Pistis Sophia es comparada con un daimon, tal vez como un ser intermediario; es perseguida por los gobernantes de los doce aeons; y aunque esté separada por mucho tiempo de él, regresará a su lugar en “el decimotercer aeon, el lugar de la rectitud”. Esas son las buenas noticias de Sophia en Pistis Sophia.
Pistis Sophia, entonces, plantea cuestiones fundamentales acerca del entendimiento de DeConick sobre Judas –y de cualquier entendimiento negativo de Judas– en el Evangelio de Judas. Más que funcionar como un buen amigo de Yaldabaoth, como propone DeConick, Judas puede considerarse, bajo la luz de Pistis Sophia, como la viva imagen de Sophia. (Sophia, o sabiduría, es referida una vez en las páginas existentes del Evangelio de Judas, en 44,4 en una sección fragmentaria, como “sabiduría corruptible” o “Sophia corruptible”). Resulta que justo este tipo de vínculo entre Judas y Sophia ya había sido establecido por los gnósticos en el siglo II, como nos informa Ireneo de Lyon –en un pasaje que DeConick menciona en su libro (pero sin hacer referencia a Pistis Sophia y sin advertir las implicaciones para el Evangelio de Judas; yo hice lo mismo en mi propio libro Judas). De acuerdo con Ireneo en su Adeversus haereses [Contra las herejías], ciertos gnósticos valentinianos, quienes debieron haber enunciado sus creencias alrededor del mismo tiempo en el siglo II, cuando el Evangelio de Judas se componía y leía, estableció una conexión cercana con el sufrimiento de Sophia y la pasión de Judas –ambos conectados, dice Ireneo, con el número doce, con Judas numerado como el duodécimo y último discípulo en el círculo de doce y Sophia numerada como el duodécimo aeon.
Ireneo argumenta en contra de los gnósticos valentinianos de esta forma, desde su perspectiva protoortodoxa: “Otra vez, en cuanto a su afirmación de que la pasión del duodécimo aeon fue probada a través de la conducta de Judas, ¿cómo es posible que Judas sea comparado con este aeon como emblema de él –él, quien fue expulsado del número del doce, y nunca más fue restaurado? A ese aeon, cuyo tipo se asemeja a Judas, después de separarse de su Enthymesis (pensamiento, reflexión), le restituyeron su antigua posición; pero Judas fue despojado de su cargo y expulsado mientras que Matías fue ordenado en su lugar. Deberían, entonces, mantener que el duodécimo aeon fue expulsado del Pléroma (la plenitud celestial de lo divino), y que otro se produjo o fue enviado para tomar su lugar; si es que es señalado en Judas. Además nos dicen que fue el aeon mismo quien sufrió, pero Judas fue el traidor, no el sufridor. Aún ellos mismos reconocen que fue el Cristo sufridor, y no Judas, quien soportó la pasión. ¿Cómo, entonces, pudo Judas, el traidor de quien tuvo que sufrir para nuestra salvación, ser el tipo e imagen del aeon que sufrió?” (2.20, ANF).
Ireneo –quien sabía de la existencia de un texto llamado Evangelio de Judas– admite que en el siglo II habían unos gnósticos que comparaban a Judas con Sophia y estaban convencidos de que Judas era “el tipo e imagen del aeon que sufrió”. (A propósito, también declara, un poco antes de su referencia al Evangelio de Judas, que unos gnósticos declararon que después de la resurrección, Cristo, quien estaba ligado a Sophia, ascendió a la mano derecha de Yaldabaoth para un propósito completamente positivo: ayudar en la salvación de las almas). Este reconocimiento de Ireneo, combinado con las similitudes cercanas en tema y terminología en las presentaciones de Judas y Sophia en el Evangelio de Judas y Pistis Sophia (y los Libros de Jeu), permite formular una poderosa conclusión en cuanto al papel de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas. Yo propongo que entre ciertos gnósticos del siglo II, entre ellos algunos valentinianos y aquellos que escribieron y usaron el Evangelio de Judas, la figura de Judas podía haberse presentado en términos que guardan semejanza con la figura de Sophia, y el relato de Judas en el Evangelio de Judas debe de ser leído prestando atención a los elementos de la caída, pasión, dolor y redención de la sabiduría de Dios.
Como Sophia en otros textos y tradiciones, Judas en el Evangelio de Judas es “separado de” los reinos divinos en las alturas, a pesar de que sabe y profesa los misterios de lo divino y el origen del salvador; atraviesa el dolor y la persecución como un daimon confinado a este mundo terrenal; es iluminado con revelaciones “que ningún humano verá jamás”; y finalmente se dice que está en camino, como Sophia, al decimotercer aeon de tradición gnóstica.
La historia de Judas, como la historia de Sophia, hace recordar la historia del alma de cualquier gnóstico que habita este mundo y añora la trascendencia. El Evangelio de Judas puede ser entendido para representar a Judas como el tipo e imagen de Sophia y de los gnósticos, y el texto revela cómo puede ser alcanzada la salvación –no, se enfatiza, a través de la teología de la cruz y de la experiencia del sacrificio (como Karen King y Elaine Pagels demuestran con tanta claridad), sino, al contrario, a través de la gnosis y el entendimiento de la naturaleza de lo divino y la presencia de lo divino en las vidas internas de la gente de conocimiento.
Sin duda, esta interpretación del Evangelio de Judas cuestiona muchos de los principios centrales de un argumento que sostiene que el texto debe de ser visto como un evangelio paródico o un evangelio trágico. De todas formas, un número de incertidumbres permanecerán mientras que las lagunas de la porción superior de las páginas 55-58 del Evangelio de Judas, con el relato de la conclusión de la historia de Jesús y Judas, permanezcan sin resolver. Además, indiscutiblemente, hay espacio para una aproximación del texto más matizada, una que tome en serio las diversas características de este complejo documento. Sospecho que, en el futuro, la figura de Judas Iscariote en el Evangelio de Judas será interpretada al buen estilo hegeliano –y bajo la luz de tales textos paralelos citados aquí– como un personaje ni completamente positivo ni completamente demoníaco, sino más bien como una figura, como Sophia y cualquier gnóstico, que se encuentra enredada en este mundo de mortalidad pero aun así se esfuerza por obtener gnosis e iluminación. Hasta tal punto hay espacio para que los aspectos de una interpretación revisionista, como la de DeConick y otros, se unan con las características positivas del Evangelio de Judas, para así dar una aproximación equilibrada del texto. Después de todo, Judas, como Sophia, se encuentra atrapado entre los mundos de mortalidad e inmortalidad mientras busca la liberación, y el Evangelio de Judas muestra cómo la liberación puede ser alcanzada. De este modo, la evidencia del Evangelio de Judas junto con el entendimiento obtenido de Marsanes, Pistis Sophia, y los Libros de Jeu y de Ireneo de Lyon, pueden proveer una nueva serie de perspectivas sobre Judas y Sophia en la literatura gnóstica del siglo II. Sin embargo, lo que queda claro es que el mensaje místico del Evangelio de Judas, tan matizado como esté, continúa siendo una noticia sumamente buena, desde un punto de vista gnóstico, la mejor noticia del mundo. Al final, la gnosis –y la sabiduría– triunfan.
*Deseo reconocer la significativa contribución de Jonathan Meyer a la formulación final del argumento presentado en este artículo.
Fuente: National Geographic
27/05/2009
jueves, 14 de mayo de 2009
Los 80 años de Mario Benedetti

BENEDETTI, el escribidor
Es uno de los poetas más leídos por la gente. Autor de tantos títulos como años acaba de cumplir, Mario Benedetti dice que escribir le permite sentirse joven. En esta entrevista -que incluye dos poemas inéditos-, el autor hace un balance de los despistes y franquezas que marcaron su vida.
Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti nació un 14 de septiembre de hace 80 años. Una vez le escribió un poema al hijo que nunca tuvo en el que prometía colgarle un único, solitario nombre; en lo posible, un monosílabo, "de manera que uno pudiera convocarlo con sólo respirar". Con una lógica que nadie discute y después de un par de batallas contra la burocracia, Mario etcétera Benedetti logró aferrarse a los extremos de su nombre oficial y suprimir todo el resto en documentos y afines. "Eran esas costumbres italianas de meter muchísimos nombres –justifica el escritor uruguayo nacido en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, uno de los tantos puntos de la geografía que se disputa la cuna de Carlos Gardel–. Yo tenía un tío que tenía los nombres de todos los reyes que reinaban el día que nació. Un disparate."
Las décadas fueron regando otros azares sobre Benedetti. Hoy su rostro luce arrugas de poesía y a veces su mirada dice más que mil historias, aunque él las haya escrito casi a todas: su alma hecha palabra recorre los versos de Inventario y Viento del exilio, acompaña los acordes cotidianos de canciones como Por qué cantamos y El sur también existe; es el novelista de La tregua y La borra del café, el cuentista de Montevideanos y La muerte y otras sorpresas, el dramaturgo de Pedro y el Capitán, el ensayista de Perplejidades de fin de siglo, el intelectual comprometido con causas que la razón no desconoce.
Este Benedetti, que transitó todos los géneros posibles, supo anclar sus textos en la mayoría de los puertos que inquietan a la condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza. Y lo hizo de una manera tan simple y directa que miles de lectores lo convirtieron en su cómplice y todo.
Ha publicado tantos títulos como años acarrea sobre su módica estatura, y en medio de esa vastedad de prosa y verso su piel fue acumulando éxitos y afectos, miserias y exilios, errores y utopías. Lo que sigue es apenas una porción de su abultada historia.
Durante su adolescencia, cuando decidió que iba a ser escritor, ¿imaginaba este presente?
No, lo que pasa es que yo vengo de una familia con muchos problemas económicos. Mi padre era químico farmacéutico, pero tuvo muchos contratiempos con la quiebra de una farmacia en la que lo estafaron. Yo tenía cuatro años. Tuvimos que mudarnos de Tacuarembó a Montevideo, y a partir de ahí mi infancia e incluso parte de mi adolescencia fueron muy duras, con muchas privaciones. Vivíamos en un ranchito con techo de chapas de zinc; mi madre tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y todas esas cosas que le regalaron para el casamiento. Finalmente mi padre consiguió un empleo público y ahí las cosas empezaron a andar mejor. Yo ya había tenido que dejar el colegio secundario para empezar a trabajar vendiendo repuestos para automóviles. Entonces, con esos problemas económicos que hubo en mi familia, ¿qué me iba a imaginar que iba a ser un autor de éxito y que iba a poder vivir de la literatura? Además, primero me gané la vida de muy distintas formas.
¿Pensaba que iba a ser toda la vida un oficinista?
Tenía la esperanza de un destino que tuviera que ver más con la escritura. Lo que pasa es que en Uruguay era muy difícil que alguien viviera de lo que escribía; ni siquiera Juan Carlos Onetti, que era el mejor, el que estaba en la cumbre, vivía de lo que escribía. Se podía vivir del periodismo, como hice yo, pero eso es otra cosa, no literatura. Recuerdo que de mis dos primeros libros no vendí ni un ejemplar, nada, y las ediciones me las había pagado yo. Mi primer libro de éxito –un éxito relativo, en realidad, porque la edición era muy limitada fue Poemas de oficina. Ese fue el primer título mío que se vendió más o menos bien.
Acaba de cumplir 80 años. ¿Qué cosas ganó con la edad?
Paciencia, tal vez más serenidad, y madurez por supuesto. Puede ser también que los años le regalen a uno más lucidez, porque las cosas empiezan a verse no sólo con los ojos del presente sino también con los del pasado, y entonces uno puede tener una visión más aproximada del futuro. Pero también, cuando uno se hace más viejo, el cuerpo se va deteriorando y la energía cambia, aunque el cuerpo es la meseta donde se apoyan las cosas del espíritu, ¿no?
El espejo no miente –continúa–; ahí uno va viendo las nuevas arrugas, las bolsas de los ojos... y sin embargo, a veces, a pesar de los años que se tengan, el espíritu de un cuento o de un poema puede seguir siendo joven. Un poema que tiene alegría, que tiene una cosa vital, lo rejuvenece a uno. Lo mismo sucede muchas veces al escribir una historia de amor, aunque sea inventada: uno vuelve a sentir otra vez una cantidad de sentimientos que creía olvidados
Es una forma de mantenerse joven.
Claro, y ésa no es una búsqueda deliberada, es algo que viene solo. Los poemas son casi sanitarios en ese sentido.
Hay un libro suyo que lleva por título La vida ese paréntesis...
Porque creo que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Yo soy ateo, no creo en Dios ni nada por el estilo. Hay gente que tiene sus creencias religiosas y tiende a sentir que después de la muerte está el Paraíso, o el Infierno, porque muchos han hecho mérito para ir al Infierno. Yo creo en un dios personal, que es la conciencia: a ella es a la que le debemos rendir cuentas cada día.
Y dentro de su paréntesis personal, ¿hay cosas de las que se arrepienta, algo que hubiera querido hacer de manera diferente?
Y sí, claro que sí, me he equivocado en muchas cosas. A veces me arrepiento de haber publicado un poema, no por cuestiones políticas, sino porque hoy lo veo y no creo que esté bien. Me he equivocado en haber publicado libros que todavía no estaban suficientemente maduros. Y en la vida misma también hay arrepentimientos. Hubiera deseado ser un joven más feliz, menos prejuicioso, menos ensimismado... También me arrepiento bastante de lo que fue mi actividad política, que en un momento fue muy intensa. Yo fui dirigente del Frente Amplio, pero a medida que iba pasando el tiempo advertí que no tenía la menor vocación para dirigente político, sí para militancia independiente, fuera del aparato partidario Finalmente llegué a la conclusión de que podía tener una incidencia política mucho mayor a través de la literatura. Puede ser que me haya equivocado en muchas cosas, pero en lo que no me he equivocado es en mantener cierta coherencia política. A pesar de algunos errores circunstanciales, creo que volvería por el mismo camino aunque tal vez no con los mismos pasos, para no meter la pata.
En Rincón de haikus, un libro de poemas que publicó el año pasado con 224 textos envasados en una rígida métrica japonesa, este uruguayo universal escribió: "Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo". Hasta ese punto llega su afán reproductivo. Además de este volumen, en 1999 terminó otro libro de poemas, Buzón de tiempo, después de haber parido unos meses antes las 272 páginas –en la edición más modesta– de su novela Andamios. No puede decirse que no hay lector que aguante, porque el hombre vende, y sobre todo, se lee, que no siempre son sinónimos. Sin ambición de avergonzar a quienes sufren el síndrome de la página en blanco, Benedetti confiesa que para no indigestar a la gente guarda en un cajón los cien poemas de su próximo libro, El mundo que respiro –dos de ellos se anticipan en exclusiva en esta edición de VIVA–, que amanecerán con el próximo verano. Como los poemas lo agarran desprevenido y sin que los convoque, siempre tiene a tiro una libreta para que su mano dibuje el esqueleto de sus versos, hasta que los borradores no aguantan el peso de tantas tachaduras y remiendos y entonces sí vuelca esa primera versión a la computadora. Allí van a parar, sin escalas de papel, sus cuentos y novelas. Justamente, si no fuera por un percance informático que lo tiene a mal traer, el escribidor infatigable ya estaría a mitad de camino con un nuevo volumen de cuentos.
La verdad es que lleva un ritmo envidiable.
Y mientras pueda y tenga temas... Ahora, con lo que me cuestan los cuentos, justo me acaba de pasar una cosa terrible. Desde hace quince años más o menos, para poder escribir tranquilo, me refugio en un hotelito de Puerto Pollenza, en Mallorca. Ahí la habitación tiene una terraza muy linda, con vista al mar, donde me siento con la computadora; la cuestión es que estaba ahí, trabajando en unos cuentos cortos cuando de repente se me borró todo. ¡Todo! Los siete cuentos que ya tenía terminados, trabajados, corregidos... ¡La bronca que me agarró! De pura suerte tengo en un cuaderno apuntes con la base de cada uno, una versión cruda, porque la prosa siempre la escribo directamente en la computadora. Así que espero volver a construirlos. ¡Qué se le va a hacer!
¿Y no los tenía impresos?
No, porque no había llevado la impresora –aunque es una chiquita– para tener un peso menos en la valija. ¿Se da cuenta qué mala suerte?
¿Sabe que reconstruir la lista de todos los libros que tiene publicados es una empresa bastante compleja? ¿Usted lleva una contabilidad más o menos exacta?
Ochenta, si se tienen en cuenta las antologías. Tengo tantos libros como años. Al que le ha ido mejor es a La tregua, de lejos, que ya tiene 148 ediciones. Después vienen Inventario Uno, Gracias por el fuego y La borra del café, que es el último libro mío que ha caído muy bien, ya debe andar por las cuarenta ediciones en los distintos idiomas y países. Pero no me puedo quejar: en España, Rincón de haikus está desde hace varios meses en la lista de best-sellers.
Hay un dato llamativo en ese ranking. Con el éxito que tienen sus poemas, tres de los cuatro títulos que acaba de mencionar son novelas.
Es que La tregua fue llevada al cine, fue finalista para un Oscar, se hicieron adaptaciones para la televisión, el teatro, la radio... Hubo mucha cosa que ayudó, lo que de todos modos es un misterio para mí, porque tampoco creo que sea mi mejor novela. Para mí La borra del café es mucho mejor, pero ahí entran otros factores: la gente la tomó como una novela de amor, y aunque es también una novela de amor, no es lo principal. En cuanto a Gracias por el fuego, también fue llevada al cine y fue finalista del premio Seix Barral. Pienso que eso le dio un empujoncito extra.
Sin embargo usted siempre se ha sentido más cómodo con la poesía, ¿no?
Siempre digo que soy un poeta que además escribe cuentos y novelas. También me siento cómodo con el cuento, aunque me da mucho más trabajo. Un poema lo puedo escribir en un avión, durante un fin de semana o mientras espero al destino, en cambio un cuento me puede llevar años. El volumen de Montevideanos, por ejemplo, demoré dieciocho años en terminarlo, y sin embargo es un género que me gusta mucho. El cuento no admite fallas, se construye palabra por palabra, cada una tiene que tener su rol, y los finales son muy importantes. Pero a mí las ideas y los temas ya me vienen con la etiqueta del género, aunque a veces me equivoco. Me pasó con El cumpleaños de Juan Angel: empecé a escribirlo en prosa, como todo novelista que se precie, pero a las 50 páginas no podía avanzar más, estaba estancado, cosa que generalmente no me ocurre. Hasta que me di cuenta de que el tema tenía una carga poética muy fuerte y lo retomé como una novela en verso. Ahí cambió todo y la terminé rápidamente. Algo parecido me pasó con Pedro y el Capitán: creí que era una novela y terminó como una obra de teatro que marchó muy bien, se representó en no sé cuántos países. Creo que funcionó porque tiene nada más que dos personajes; yo con tres personajes en teatro no doy.. Es un género muy difícil.
¿Y las novelas?
Me cuestan menos que los cuentos, aunque para escribir una novela se necesita un tiempo libre, porque no se pueden escribir diez páginas hoy y veinte a los dos años. La novela es un mundo que uno inventa y hay que sumergirse en ese mundo, en sus personajes... Si a mí me dejaran tranquilo podría escribir más novelas.
¿Cómo es eso?
Mire, Andamios, que es la última novela que publiqué el año pasado, demoré tanto en terminarla porque he tenido que hacer tantos viajes, cumplir con tantos compromisos y obligaciones, que me costó mucho mantener el ritmo. Hace como cuatro años que quiero tomarme un año sabático y no puedo No me dejan.
Debe haber pocos hispanoamericanos que no sepan de memoria alguna estrofa de Te quiero, Por qué cantamos, Una mujer desnuda y en lo oscuro y tantos otros temas de Benedetti que popularizaron más de cuarenta intérpretes. La poesía hecha canción apuntaló su fama y muchos de estos poemas dispararon sus flechas hacia varios corazones, dejando a su responsable como un Cupido involuntario que no merece quedar libre de culpa y cargo.
¿Usted es consciente de que algunos de sus poemas fueron el puntapié para más de un romance?
Bueno, si sirven para el amor me parece una buena empresa. A veces me cuentan que los muchachos copian poemas míos y se los mandan a las novias como si fueran de ellos, y después cuando se casan les cuentan la verdad. Puede que suene cursi, no sé, alguna gente dirá... Pero a mí no me molesta, al contrario. El amor me parece lo mejor de las relaciones humanas.
En otras palabras: usted puede ser el responsable de unas cuantas bodas.
¿Y por qué no? Mire, una de las cosas más lindas que me han pasado en la vida con relación a mi obra me ocurrió en México. Una vez en Guadalajara, donde habíamos dado un recital con Daniel Viglietti, se me acercó una pareja de unos 30 años y el muchacho me dijo: "Mire, nosotros fuimos pareja pero después nos divorciamos. De todas formas queríamos contarle que nos conocimos por Inventario y queremos que nos firme el libro". Al tercer recital se aparecieron otra vez los dos para ponerme al corriente de la relación: "Mire, como el otro día estuvimos con usted y le contamos que nos conocimos con Inventario, queríamos decirle que por Inventario decidimos volvernos a casar". Así son las cosas..
La poesía, por lo general, no tiene tantos lectores como la novela o el cuento, y sin embargo la suya tiene muchos seguidores. ¿Alguna vez se preguntó por qué?
Sí, y para mí es un misterio. Pienso que por un lado puede ser porque mis poemas son bastante sencillos, bastante claros, y eso es algo que se convirtió en una obsesión para mí: la sencillez. Hacia el fin de mi adolescencia, cuando yo sabía que iba a ser poeta, leía a los de más prestigio, y aunque los entendía y los disfrutaba, me parecían muy enigmáticos, con toda una retórica que me parece espantaba a los lectores. Me gustaban, pero me dije que yo así no iba a escribir nunca. Otra de las razones por las que creo que a la gente le gustan mis poemas es porque he escrito mucho sobre el amor. Pero así y todo, no me explico demasiado el éxito que han tenido.
La mayoría de sus obras tiene como protagonista al montevideano de clase media. Usted siempre dijo que no podría escribir sobre otro tipo de personajes.
Es que ésa es mi limitación. Me siento muy inseguro si me salgo del montevideano de clase media. Ese es el territorio que yo conozco. Alguna vez dije, medio en broma medio en serio, que el Uruguay es la única oficina en el mundo que ha alcanzado la categoría de República. Y es así, y yo conozco bien a esta clase media. Muchas veces incluso me reprocharon que no trate a la clase obrera. Pero las veces que lo intenté, me sonaron falsos. Mis obreros nunca hablan como los obreros; entonces no insistí más, ¿para qué? Es una limitación y me atengo a esa limitación.
¿Entonces cómo explica que, siendo la suya una literatura localista, haya tenido tanta trascendencia en otras partes del mundo?
Puede ser que la clase media sea más universal que otras clases. No sé, pero la verdad es que incluso tengo cuentos que transcurren en el exterior, pero siempre de montevideanos que están en España, en Cuba o en México. De todas formas, supongo que para llegar al mundo hay que llegar primero a la comarca, por ahí se empieza. El que quiere empezar por el mundo..
A través de sus textos políticos, usted intentó hacerse escuchar en su comarca. Eso le valió un pasaje al exilio. ¿Cree que el intelectual puede cambiar algo a través de la palabra?
No, no puede cambiar nada. Yo no recuerdo ninguna revolución que se haya ganado con un soneto, por ejemplo. A los dirigentes políticos les gusta mucho adornarse con el arte, sacarse una foto del brazo de un pintor o terminar un discurso con un poema, pero no es que crean en una cosa ni en la otra. Tal vez algún raro personaje de la dirigencia política puede venir un día y decir: "Con estos tres versos me aclaraste este tema", y yo con eso puedo sentirme más que satisfecho.
Suena a batalla perdida.
No, porque uno escribe para esclarecer la mente de un individuo, del ciudadano de a pie. Además, es una cuestión de conciencia. Si yo estoy en contra de la globalización de la economía, de la corrupción y de la hipocresía, lo digo y lo escribo. Justamente las causas en las que creo y que son derrotadas son las que me impulsan, porque gracias a que las defiendo puedo dormir tranquilo. No me siento derrotado en cuanto a mis creencias ideológicas y voy a seguir luchando por ellas. Sin éxito, eso sí.
Hay que defender la derrota, dijo el poeta.
Es que la utopía es una cosa que debemos mantener. Por definición, la utopía es algo que nunca se realiza por completo, una cosa que parece imposible y después resulta que se realiza. Siempre digo que los tres grandes utópicos que ha dado este mundo son Jesús, Freud y Marx; gracias a ellos la humanidad ha dado pasos positivos. Aunque de cada utopía se realice un diez por ciento, gracias a ese diez por ciento la humanidad ha mejorado un poco. Yo soy un optimista incorregible.
Su defensa de la utopía lo enfrentó a más de un destierro. Debutó como exiliado en 1983, cuando cruzó el charco y se instaló en Buenos Aires buscando una seguridad incierta. Fue aquí donde inauguró el "llavero de la solidaridad": cuando las cosas comenzaron a ponerse oscuras acudía a ese manojo que le abría la puerta de las casas de cinco o seis amigos. Era la única manera de desorientar los radares nefastos que iban tras su sombra. Hasta que la Triple A le dio 48 horas para seguir respirando en la Argentina y se marchó a Perú, luego a Cuba y finalmente a España, continuando un exilio que le negó su patria durante doce años. Y también a su mujer, Luz, que debió quedarse en Uruguay cuidando a las ancianas madres de ambos. A pesar de todo, Benedetti no escupe reproches; más bien le da palmadas a ese tiempo pasado que pudo ser peor.
¿No siente rencor por ese pedazo de vida que le cambiaron?
La pasé muy mal, me amenazaron de muerte, me separaron de mi ciudad, de mi mujer, y sólo por algún azar me fui salvando, pero no por hacer concesiones. Yo hubiera preferido no tener que recurrir al exilio, y sin embargo, en cierta forma el exilio me ayudó. Por un lado, empezaron a interesarse por mis libros, me hizo ser más conocido y eso hasta me permitió un alivio económico. Además, he aprendido mucho de la gente que fui conociendo en los diferentes países donde tuve que vivir. No de los gobiernos, porque de ellos no se aprende nunca nada, pero de la gente sí. Es como un fenómeno de ósmosis: uno le da a ese pueblo que lo recibe lo mejor que tiene y ese pueblo le devuelve cosas a uno. Esa proximidad, ese intercambio enriquecedor y evidente, me ha cambiado para bien, me ha hecho madurar, me ha quitado cierta tentación de hacer juicios demasiado apresurados sin que las cosas se asienten
Le supo sacar provecho al exilio.
Yo creo que sí. Volví a mi país un poco mejor de lo que me fui, más ecuánime, más tolerante, menos radical, pero sin perder mis obsesiones.
Usted ha inventado una palabra, desexilio, que describe las sensaciones del regreso. ¿Se termina el desexilio alguna vez?
Me parece que no. En uno de mis libros puse como epígrafe una frase de Alvaro Mutis, que dice que uno está condenado a ser siempre un exiliado, y creo que es cierto. Afuera uno se siente herido, ajeno, y cuando regresa también se siente exiliado, porque uno ha cambiado y el país también ha cambiado. Ha cambiado hasta el paisaje, la mirada de la gente... Sigue siendo el país de uno, se lo quiere como el país propio, pero la relación es distinta. Entonces se siente nostalgia por ciertas cosas del exilio, que tienen que ver más que nada con las personas.
¿La patria de uno dónde queda después de ese proceso?
Como decía José Martí, la patria es la humanidad. En todos los países, en los que uno ha estado y en los que no ha estado, hay gente que por lo que piensa, por sus actitudes, por lo que hace, por lo que siente, por su solidaridad, son como compatriotas de uno. La patria de cada uno está formada de esa gente. Porque en el propio país ha habido también torturadores, corruptos, y esos no son compatriotas míos.
Actualmente, Mario Benedetti vive mitad de su tiempo en España y mitad en Uruguay. Esos compromisos de los que a veces se queja pero que tanto disfruta, lo tironean hacia ambos lados del océano. Su residencia en ésta y en aquellas tierras no obedece, aclara, a una necesidad de escaparles a los inviernos ni a las humedades que castigan su asma desde que tenía 25 años, cuando un tifus le dejó como secuela esa angustia por el oxígeno que un par de veces lo acostó en terapia intensiva. Está acostumbrado a convivir con un aparatito que despide vapores salvadores cada vez que le falta el aire, y en sus poemas hasta se ríe de ésta y otras fallas de fábrica que le trajeron las décadas: "...mis cataratas, mis espasmos asmáticos, mi herpes zoster, mi lumbago, mi hernia diafragmática", enumera en Heterónimos.
Sabe que su cuerpo le empezó a confiscar la frescura que mantiene su mente, pero él le pone el pecho al asunto con palabras: su próximo libro de poemas, El mundo que respiro, pone el acento en la cercanía de la muerte.
¿Le preocupa el tema?
Bueno, a todo el mundo le preocupa, ¿no? Pero a los 80 años uno está un poco obligado a pensar en esas cosas. La muerte es una presencia, y la barajo en conexión a lo que es la muerte para otros, no sólo para mí. Pienso que una de las formas de sobrellevar la idea de la muerte es darle la cara, hablar de ella, dialogar con ella. Me parece que es una manera de poder soportar ese fin obligatorio. Admitir la muerte es un modo de restarle importancia, porque si uno está obsesionado con eso..
Por eso escribe sobre la muerte.
Escribo sobre ella para que no me sorprenda, claro. Su cercanía no tiene que aplastarlo a uno, por eso tengo un poema que se llama Como si fuéramos inmortales: hay que vivir como si lo fuéramos.
Terminemos hablando de la vida, entonces. Usted ha recibido muchos premios por su obra, pero cuando hace un par de años la Universidad de Alicante lo nombró doctor honoris causa, fue en reconocimiento a "su fecunda labor creativa y por su condición de hombre de pueblo". Obra, pero también vida. ¿Cómo prefiere ser reconocido?
Son dos cosas que forman el carácter y la condición humana de uno, ¿no? Muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie.
Es uno de los poetas más leídos por la gente. Autor de tantos títulos como años acaba de cumplir, Mario Benedetti dice que escribir le permite sentirse joven. En esta entrevista -que incluye dos poemas inéditos-, el autor hace un balance de los despistes y franquezas que marcaron su vida.
Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti nació un 14 de septiembre de hace 80 años. Una vez le escribió un poema al hijo que nunca tuvo en el que prometía colgarle un único, solitario nombre; en lo posible, un monosílabo, "de manera que uno pudiera convocarlo con sólo respirar". Con una lógica que nadie discute y después de un par de batallas contra la burocracia, Mario etcétera Benedetti logró aferrarse a los extremos de su nombre oficial y suprimir todo el resto en documentos y afines. "Eran esas costumbres italianas de meter muchísimos nombres –justifica el escritor uruguayo nacido en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, uno de los tantos puntos de la geografía que se disputa la cuna de Carlos Gardel–. Yo tenía un tío que tenía los nombres de todos los reyes que reinaban el día que nació. Un disparate."
Las décadas fueron regando otros azares sobre Benedetti. Hoy su rostro luce arrugas de poesía y a veces su mirada dice más que mil historias, aunque él las haya escrito casi a todas: su alma hecha palabra recorre los versos de Inventario y Viento del exilio, acompaña los acordes cotidianos de canciones como Por qué cantamos y El sur también existe; es el novelista de La tregua y La borra del café, el cuentista de Montevideanos y La muerte y otras sorpresas, el dramaturgo de Pedro y el Capitán, el ensayista de Perplejidades de fin de siglo, el intelectual comprometido con causas que la razón no desconoce.
Este Benedetti, que transitó todos los géneros posibles, supo anclar sus textos en la mayoría de los puertos que inquietan a la condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza. Y lo hizo de una manera tan simple y directa que miles de lectores lo convirtieron en su cómplice y todo.
Ha publicado tantos títulos como años acarrea sobre su módica estatura, y en medio de esa vastedad de prosa y verso su piel fue acumulando éxitos y afectos, miserias y exilios, errores y utopías. Lo que sigue es apenas una porción de su abultada historia.
Durante su adolescencia, cuando decidió que iba a ser escritor, ¿imaginaba este presente?
No, lo que pasa es que yo vengo de una familia con muchos problemas económicos. Mi padre era químico farmacéutico, pero tuvo muchos contratiempos con la quiebra de una farmacia en la que lo estafaron. Yo tenía cuatro años. Tuvimos que mudarnos de Tacuarembó a Montevideo, y a partir de ahí mi infancia e incluso parte de mi adolescencia fueron muy duras, con muchas privaciones. Vivíamos en un ranchito con techo de chapas de zinc; mi madre tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y todas esas cosas que le regalaron para el casamiento. Finalmente mi padre consiguió un empleo público y ahí las cosas empezaron a andar mejor. Yo ya había tenido que dejar el colegio secundario para empezar a trabajar vendiendo repuestos para automóviles. Entonces, con esos problemas económicos que hubo en mi familia, ¿qué me iba a imaginar que iba a ser un autor de éxito y que iba a poder vivir de la literatura? Además, primero me gané la vida de muy distintas formas.
¿Pensaba que iba a ser toda la vida un oficinista?
Tenía la esperanza de un destino que tuviera que ver más con la escritura. Lo que pasa es que en Uruguay era muy difícil que alguien viviera de lo que escribía; ni siquiera Juan Carlos Onetti, que era el mejor, el que estaba en la cumbre, vivía de lo que escribía. Se podía vivir del periodismo, como hice yo, pero eso es otra cosa, no literatura. Recuerdo que de mis dos primeros libros no vendí ni un ejemplar, nada, y las ediciones me las había pagado yo. Mi primer libro de éxito –un éxito relativo, en realidad, porque la edición era muy limitada fue Poemas de oficina. Ese fue el primer título mío que se vendió más o menos bien.
Acaba de cumplir 80 años. ¿Qué cosas ganó con la edad?
Paciencia, tal vez más serenidad, y madurez por supuesto. Puede ser también que los años le regalen a uno más lucidez, porque las cosas empiezan a verse no sólo con los ojos del presente sino también con los del pasado, y entonces uno puede tener una visión más aproximada del futuro. Pero también, cuando uno se hace más viejo, el cuerpo se va deteriorando y la energía cambia, aunque el cuerpo es la meseta donde se apoyan las cosas del espíritu, ¿no?
El espejo no miente –continúa–; ahí uno va viendo las nuevas arrugas, las bolsas de los ojos... y sin embargo, a veces, a pesar de los años que se tengan, el espíritu de un cuento o de un poema puede seguir siendo joven. Un poema que tiene alegría, que tiene una cosa vital, lo rejuvenece a uno. Lo mismo sucede muchas veces al escribir una historia de amor, aunque sea inventada: uno vuelve a sentir otra vez una cantidad de sentimientos que creía olvidados
Es una forma de mantenerse joven.
Claro, y ésa no es una búsqueda deliberada, es algo que viene solo. Los poemas son casi sanitarios en ese sentido.
Hay un libro suyo que lleva por título La vida ese paréntesis...
Porque creo que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Yo soy ateo, no creo en Dios ni nada por el estilo. Hay gente que tiene sus creencias religiosas y tiende a sentir que después de la muerte está el Paraíso, o el Infierno, porque muchos han hecho mérito para ir al Infierno. Yo creo en un dios personal, que es la conciencia: a ella es a la que le debemos rendir cuentas cada día.
Y dentro de su paréntesis personal, ¿hay cosas de las que se arrepienta, algo que hubiera querido hacer de manera diferente?
Y sí, claro que sí, me he equivocado en muchas cosas. A veces me arrepiento de haber publicado un poema, no por cuestiones políticas, sino porque hoy lo veo y no creo que esté bien. Me he equivocado en haber publicado libros que todavía no estaban suficientemente maduros. Y en la vida misma también hay arrepentimientos. Hubiera deseado ser un joven más feliz, menos prejuicioso, menos ensimismado... También me arrepiento bastante de lo que fue mi actividad política, que en un momento fue muy intensa. Yo fui dirigente del Frente Amplio, pero a medida que iba pasando el tiempo advertí que no tenía la menor vocación para dirigente político, sí para militancia independiente, fuera del aparato partidario Finalmente llegué a la conclusión de que podía tener una incidencia política mucho mayor a través de la literatura. Puede ser que me haya equivocado en muchas cosas, pero en lo que no me he equivocado es en mantener cierta coherencia política. A pesar de algunos errores circunstanciales, creo que volvería por el mismo camino aunque tal vez no con los mismos pasos, para no meter la pata.
En Rincón de haikus, un libro de poemas que publicó el año pasado con 224 textos envasados en una rígida métrica japonesa, este uruguayo universal escribió: "Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo". Hasta ese punto llega su afán reproductivo. Además de este volumen, en 1999 terminó otro libro de poemas, Buzón de tiempo, después de haber parido unos meses antes las 272 páginas –en la edición más modesta– de su novela Andamios. No puede decirse que no hay lector que aguante, porque el hombre vende, y sobre todo, se lee, que no siempre son sinónimos. Sin ambición de avergonzar a quienes sufren el síndrome de la página en blanco, Benedetti confiesa que para no indigestar a la gente guarda en un cajón los cien poemas de su próximo libro, El mundo que respiro –dos de ellos se anticipan en exclusiva en esta edición de VIVA–, que amanecerán con el próximo verano. Como los poemas lo agarran desprevenido y sin que los convoque, siempre tiene a tiro una libreta para que su mano dibuje el esqueleto de sus versos, hasta que los borradores no aguantan el peso de tantas tachaduras y remiendos y entonces sí vuelca esa primera versión a la computadora. Allí van a parar, sin escalas de papel, sus cuentos y novelas. Justamente, si no fuera por un percance informático que lo tiene a mal traer, el escribidor infatigable ya estaría a mitad de camino con un nuevo volumen de cuentos.
La verdad es que lleva un ritmo envidiable.
Y mientras pueda y tenga temas... Ahora, con lo que me cuestan los cuentos, justo me acaba de pasar una cosa terrible. Desde hace quince años más o menos, para poder escribir tranquilo, me refugio en un hotelito de Puerto Pollenza, en Mallorca. Ahí la habitación tiene una terraza muy linda, con vista al mar, donde me siento con la computadora; la cuestión es que estaba ahí, trabajando en unos cuentos cortos cuando de repente se me borró todo. ¡Todo! Los siete cuentos que ya tenía terminados, trabajados, corregidos... ¡La bronca que me agarró! De pura suerte tengo en un cuaderno apuntes con la base de cada uno, una versión cruda, porque la prosa siempre la escribo directamente en la computadora. Así que espero volver a construirlos. ¡Qué se le va a hacer!
¿Y no los tenía impresos?
No, porque no había llevado la impresora –aunque es una chiquita– para tener un peso menos en la valija. ¿Se da cuenta qué mala suerte?
¿Sabe que reconstruir la lista de todos los libros que tiene publicados es una empresa bastante compleja? ¿Usted lleva una contabilidad más o menos exacta?
Ochenta, si se tienen en cuenta las antologías. Tengo tantos libros como años. Al que le ha ido mejor es a La tregua, de lejos, que ya tiene 148 ediciones. Después vienen Inventario Uno, Gracias por el fuego y La borra del café, que es el último libro mío que ha caído muy bien, ya debe andar por las cuarenta ediciones en los distintos idiomas y países. Pero no me puedo quejar: en España, Rincón de haikus está desde hace varios meses en la lista de best-sellers.
Hay un dato llamativo en ese ranking. Con el éxito que tienen sus poemas, tres de los cuatro títulos que acaba de mencionar son novelas.
Es que La tregua fue llevada al cine, fue finalista para un Oscar, se hicieron adaptaciones para la televisión, el teatro, la radio... Hubo mucha cosa que ayudó, lo que de todos modos es un misterio para mí, porque tampoco creo que sea mi mejor novela. Para mí La borra del café es mucho mejor, pero ahí entran otros factores: la gente la tomó como una novela de amor, y aunque es también una novela de amor, no es lo principal. En cuanto a Gracias por el fuego, también fue llevada al cine y fue finalista del premio Seix Barral. Pienso que eso le dio un empujoncito extra.
Sin embargo usted siempre se ha sentido más cómodo con la poesía, ¿no?
Siempre digo que soy un poeta que además escribe cuentos y novelas. También me siento cómodo con el cuento, aunque me da mucho más trabajo. Un poema lo puedo escribir en un avión, durante un fin de semana o mientras espero al destino, en cambio un cuento me puede llevar años. El volumen de Montevideanos, por ejemplo, demoré dieciocho años en terminarlo, y sin embargo es un género que me gusta mucho. El cuento no admite fallas, se construye palabra por palabra, cada una tiene que tener su rol, y los finales son muy importantes. Pero a mí las ideas y los temas ya me vienen con la etiqueta del género, aunque a veces me equivoco. Me pasó con El cumpleaños de Juan Angel: empecé a escribirlo en prosa, como todo novelista que se precie, pero a las 50 páginas no podía avanzar más, estaba estancado, cosa que generalmente no me ocurre. Hasta que me di cuenta de que el tema tenía una carga poética muy fuerte y lo retomé como una novela en verso. Ahí cambió todo y la terminé rápidamente. Algo parecido me pasó con Pedro y el Capitán: creí que era una novela y terminó como una obra de teatro que marchó muy bien, se representó en no sé cuántos países. Creo que funcionó porque tiene nada más que dos personajes; yo con tres personajes en teatro no doy.. Es un género muy difícil.
¿Y las novelas?
Me cuestan menos que los cuentos, aunque para escribir una novela se necesita un tiempo libre, porque no se pueden escribir diez páginas hoy y veinte a los dos años. La novela es un mundo que uno inventa y hay que sumergirse en ese mundo, en sus personajes... Si a mí me dejaran tranquilo podría escribir más novelas.
¿Cómo es eso?
Mire, Andamios, que es la última novela que publiqué el año pasado, demoré tanto en terminarla porque he tenido que hacer tantos viajes, cumplir con tantos compromisos y obligaciones, que me costó mucho mantener el ritmo. Hace como cuatro años que quiero tomarme un año sabático y no puedo No me dejan.
Debe haber pocos hispanoamericanos que no sepan de memoria alguna estrofa de Te quiero, Por qué cantamos, Una mujer desnuda y en lo oscuro y tantos otros temas de Benedetti que popularizaron más de cuarenta intérpretes. La poesía hecha canción apuntaló su fama y muchos de estos poemas dispararon sus flechas hacia varios corazones, dejando a su responsable como un Cupido involuntario que no merece quedar libre de culpa y cargo.
¿Usted es consciente de que algunos de sus poemas fueron el puntapié para más de un romance?
Bueno, si sirven para el amor me parece una buena empresa. A veces me cuentan que los muchachos copian poemas míos y se los mandan a las novias como si fueran de ellos, y después cuando se casan les cuentan la verdad. Puede que suene cursi, no sé, alguna gente dirá... Pero a mí no me molesta, al contrario. El amor me parece lo mejor de las relaciones humanas.
En otras palabras: usted puede ser el responsable de unas cuantas bodas.
¿Y por qué no? Mire, una de las cosas más lindas que me han pasado en la vida con relación a mi obra me ocurrió en México. Una vez en Guadalajara, donde habíamos dado un recital con Daniel Viglietti, se me acercó una pareja de unos 30 años y el muchacho me dijo: "Mire, nosotros fuimos pareja pero después nos divorciamos. De todas formas queríamos contarle que nos conocimos por Inventario y queremos que nos firme el libro". Al tercer recital se aparecieron otra vez los dos para ponerme al corriente de la relación: "Mire, como el otro día estuvimos con usted y le contamos que nos conocimos con Inventario, queríamos decirle que por Inventario decidimos volvernos a casar". Así son las cosas..
La poesía, por lo general, no tiene tantos lectores como la novela o el cuento, y sin embargo la suya tiene muchos seguidores. ¿Alguna vez se preguntó por qué?
Sí, y para mí es un misterio. Pienso que por un lado puede ser porque mis poemas son bastante sencillos, bastante claros, y eso es algo que se convirtió en una obsesión para mí: la sencillez. Hacia el fin de mi adolescencia, cuando yo sabía que iba a ser poeta, leía a los de más prestigio, y aunque los entendía y los disfrutaba, me parecían muy enigmáticos, con toda una retórica que me parece espantaba a los lectores. Me gustaban, pero me dije que yo así no iba a escribir nunca. Otra de las razones por las que creo que a la gente le gustan mis poemas es porque he escrito mucho sobre el amor. Pero así y todo, no me explico demasiado el éxito que han tenido.
La mayoría de sus obras tiene como protagonista al montevideano de clase media. Usted siempre dijo que no podría escribir sobre otro tipo de personajes.
Es que ésa es mi limitación. Me siento muy inseguro si me salgo del montevideano de clase media. Ese es el territorio que yo conozco. Alguna vez dije, medio en broma medio en serio, que el Uruguay es la única oficina en el mundo que ha alcanzado la categoría de República. Y es así, y yo conozco bien a esta clase media. Muchas veces incluso me reprocharon que no trate a la clase obrera. Pero las veces que lo intenté, me sonaron falsos. Mis obreros nunca hablan como los obreros; entonces no insistí más, ¿para qué? Es una limitación y me atengo a esa limitación.
¿Entonces cómo explica que, siendo la suya una literatura localista, haya tenido tanta trascendencia en otras partes del mundo?
Puede ser que la clase media sea más universal que otras clases. No sé, pero la verdad es que incluso tengo cuentos que transcurren en el exterior, pero siempre de montevideanos que están en España, en Cuba o en México. De todas formas, supongo que para llegar al mundo hay que llegar primero a la comarca, por ahí se empieza. El que quiere empezar por el mundo..
A través de sus textos políticos, usted intentó hacerse escuchar en su comarca. Eso le valió un pasaje al exilio. ¿Cree que el intelectual puede cambiar algo a través de la palabra?
No, no puede cambiar nada. Yo no recuerdo ninguna revolución que se haya ganado con un soneto, por ejemplo. A los dirigentes políticos les gusta mucho adornarse con el arte, sacarse una foto del brazo de un pintor o terminar un discurso con un poema, pero no es que crean en una cosa ni en la otra. Tal vez algún raro personaje de la dirigencia política puede venir un día y decir: "Con estos tres versos me aclaraste este tema", y yo con eso puedo sentirme más que satisfecho.
Suena a batalla perdida.
No, porque uno escribe para esclarecer la mente de un individuo, del ciudadano de a pie. Además, es una cuestión de conciencia. Si yo estoy en contra de la globalización de la economía, de la corrupción y de la hipocresía, lo digo y lo escribo. Justamente las causas en las que creo y que son derrotadas son las que me impulsan, porque gracias a que las defiendo puedo dormir tranquilo. No me siento derrotado en cuanto a mis creencias ideológicas y voy a seguir luchando por ellas. Sin éxito, eso sí.
Hay que defender la derrota, dijo el poeta.
Es que la utopía es una cosa que debemos mantener. Por definición, la utopía es algo que nunca se realiza por completo, una cosa que parece imposible y después resulta que se realiza. Siempre digo que los tres grandes utópicos que ha dado este mundo son Jesús, Freud y Marx; gracias a ellos la humanidad ha dado pasos positivos. Aunque de cada utopía se realice un diez por ciento, gracias a ese diez por ciento la humanidad ha mejorado un poco. Yo soy un optimista incorregible.
Su defensa de la utopía lo enfrentó a más de un destierro. Debutó como exiliado en 1983, cuando cruzó el charco y se instaló en Buenos Aires buscando una seguridad incierta. Fue aquí donde inauguró el "llavero de la solidaridad": cuando las cosas comenzaron a ponerse oscuras acudía a ese manojo que le abría la puerta de las casas de cinco o seis amigos. Era la única manera de desorientar los radares nefastos que iban tras su sombra. Hasta que la Triple A le dio 48 horas para seguir respirando en la Argentina y se marchó a Perú, luego a Cuba y finalmente a España, continuando un exilio que le negó su patria durante doce años. Y también a su mujer, Luz, que debió quedarse en Uruguay cuidando a las ancianas madres de ambos. A pesar de todo, Benedetti no escupe reproches; más bien le da palmadas a ese tiempo pasado que pudo ser peor.
¿No siente rencor por ese pedazo de vida que le cambiaron?
La pasé muy mal, me amenazaron de muerte, me separaron de mi ciudad, de mi mujer, y sólo por algún azar me fui salvando, pero no por hacer concesiones. Yo hubiera preferido no tener que recurrir al exilio, y sin embargo, en cierta forma el exilio me ayudó. Por un lado, empezaron a interesarse por mis libros, me hizo ser más conocido y eso hasta me permitió un alivio económico. Además, he aprendido mucho de la gente que fui conociendo en los diferentes países donde tuve que vivir. No de los gobiernos, porque de ellos no se aprende nunca nada, pero de la gente sí. Es como un fenómeno de ósmosis: uno le da a ese pueblo que lo recibe lo mejor que tiene y ese pueblo le devuelve cosas a uno. Esa proximidad, ese intercambio enriquecedor y evidente, me ha cambiado para bien, me ha hecho madurar, me ha quitado cierta tentación de hacer juicios demasiado apresurados sin que las cosas se asienten
Le supo sacar provecho al exilio.
Yo creo que sí. Volví a mi país un poco mejor de lo que me fui, más ecuánime, más tolerante, menos radical, pero sin perder mis obsesiones.
Usted ha inventado una palabra, desexilio, que describe las sensaciones del regreso. ¿Se termina el desexilio alguna vez?
Me parece que no. En uno de mis libros puse como epígrafe una frase de Alvaro Mutis, que dice que uno está condenado a ser siempre un exiliado, y creo que es cierto. Afuera uno se siente herido, ajeno, y cuando regresa también se siente exiliado, porque uno ha cambiado y el país también ha cambiado. Ha cambiado hasta el paisaje, la mirada de la gente... Sigue siendo el país de uno, se lo quiere como el país propio, pero la relación es distinta. Entonces se siente nostalgia por ciertas cosas del exilio, que tienen que ver más que nada con las personas.
¿La patria de uno dónde queda después de ese proceso?
Como decía José Martí, la patria es la humanidad. En todos los países, en los que uno ha estado y en los que no ha estado, hay gente que por lo que piensa, por sus actitudes, por lo que hace, por lo que siente, por su solidaridad, son como compatriotas de uno. La patria de cada uno está formada de esa gente. Porque en el propio país ha habido también torturadores, corruptos, y esos no son compatriotas míos.
Actualmente, Mario Benedetti vive mitad de su tiempo en España y mitad en Uruguay. Esos compromisos de los que a veces se queja pero que tanto disfruta, lo tironean hacia ambos lados del océano. Su residencia en ésta y en aquellas tierras no obedece, aclara, a una necesidad de escaparles a los inviernos ni a las humedades que castigan su asma desde que tenía 25 años, cuando un tifus le dejó como secuela esa angustia por el oxígeno que un par de veces lo acostó en terapia intensiva. Está acostumbrado a convivir con un aparatito que despide vapores salvadores cada vez que le falta el aire, y en sus poemas hasta se ríe de ésta y otras fallas de fábrica que le trajeron las décadas: "...mis cataratas, mis espasmos asmáticos, mi herpes zoster, mi lumbago, mi hernia diafragmática", enumera en Heterónimos.
Sabe que su cuerpo le empezó a confiscar la frescura que mantiene su mente, pero él le pone el pecho al asunto con palabras: su próximo libro de poemas, El mundo que respiro, pone el acento en la cercanía de la muerte.
¿Le preocupa el tema?
Bueno, a todo el mundo le preocupa, ¿no? Pero a los 80 años uno está un poco obligado a pensar en esas cosas. La muerte es una presencia, y la barajo en conexión a lo que es la muerte para otros, no sólo para mí. Pienso que una de las formas de sobrellevar la idea de la muerte es darle la cara, hablar de ella, dialogar con ella. Me parece que es una manera de poder soportar ese fin obligatorio. Admitir la muerte es un modo de restarle importancia, porque si uno está obsesionado con eso..
Por eso escribe sobre la muerte.
Escribo sobre ella para que no me sorprenda, claro. Su cercanía no tiene que aplastarlo a uno, por eso tengo un poema que se llama Como si fuéramos inmortales: hay que vivir como si lo fuéramos.
Terminemos hablando de la vida, entonces. Usted ha recibido muchos premios por su obra, pero cuando hace un par de años la Universidad de Alicante lo nombró doctor honoris causa, fue en reconocimiento a "su fecunda labor creativa y por su condición de hombre de pueblo". Obra, pero también vida. ¿Cómo prefiere ser reconocido?
Son dos cosas que forman el carácter y la condición humana de uno, ¿no? Muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie.
Fuente Diario el Clarin
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